Carlos A. [email protected]
Hoy, como en todos los tiempos, la realidad nos pone un gran reto: estudiar. Una y otra vez la experiencia pone en evidencia una gran verdad, los individuos, así como los pueblos, alcanzan mejores condiciones de vida cuando se involucran como actores activos en el proceso educativo.
Bien se dice que quien ha asumido el estudio como una tarea permanente, no hace más que descubrir poco a poco las virtudes y habilidades que poseemos todos los seres humanos, las cuales, una vez llevadas a la práctica, hacen que los hombres y las mujeres seamos autores prominentes de un presente y un futuro.
Nicaragua, al igual que nuestros países hermanos de Centroamérica, estuvo por mucho tiempo aislada del desarrollo técnico y científico del que era y es parte el mundo. La intolerancia, la pereza intelectual y la violencia, entre otras actitudes, fue la principal herencia que dejó el pasado inmediato político (segunda mitad del siglo XX). El costo sufrido fue enorme, sin embargo, hoy se puede decir con firmeza: “Habrá siempre una diferencia entre someter una multitud y regir una sociedad” [Rousseau, 2001:36].
En un mundo donde la mayoría de las naciones han decidido participar en la dinámica de esfuerzos compartidos (globalización) y en el que la diversidad cultural ya no es un obstáculo, sino un rasgo enriquecedor que matiza las relaciones internacionales, las actitudes mencionadas anteriormente ya no tienen cabida.
Esforzarse cada día para ser mejores estudiantes constituye un valiente ejercicio cívico. La patria que vio nacer a Rubén Darío está necesitada de estudiantes y profesionales con excelencia académica y con alto nivel ético. Sin embargo, todo logro requiere sacrificio, voluntad, dedicación, compromiso con la democracia y entrega, al respecto fue muy sabio lo expresado por el insigne español don Miguel de Cervantes Saavedra: “Alcanzar alguno a ser eminente en letras, le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, vahídos de cabeza, indigestiones de estómago y otras cosas a estas adherentes” [Cervantes, 1976: 184].
César Barrientos Pellecer, un catedrático de nuestro tiempo, ha dicho que: “La educación es un traslado de experiencias, conocimientos y valores que nos sirve para desenvolvernos, actuar, imaginar, crear y comunicarnos como seres humanos civilizados”, agrega que, “ésta nos permite comprender las necesidades de otros, vivir y dejar vivir, convivir” [Barrientos, 2002: 191].
Es necesario mencionar que la educación demanda ciertos esfuerzos, tales como: el compromiso de prepararnos de forma constante y continua; un cambio en los métodos de enseñanzas basados en el aprendizaje de memoria o mecanicista; la aplicación del análisis, la síntesis, la inducción, y la deducción; la inclinación a la crítica y escepticismo; la habilidad para formar asociaciones, y hábitos como la constancia, disciplina y autocontrol, entre otros.
Por otro lado, sería ingenuo no reconocer que en este año más de ochocientos mil adolescentes no lograron integrarse en el sistema educativo nicaragüense o que muchos desertaron, no obstante, la educación es trabajo sin descanso, no sólo de las instituciones educativas, sino de todo un pueblo. Todos estamos llamados a acudir a la búsqueda de soluciones.
Grandes son los beneficios que podemos obtener: prosperidad del individuo para minimizar las desigualdades, crecimiento de la riqueza de la comunidad, virtud de vivir civilizadamente, aguzamiento de la percepción, amplitud del vocabulario, expresión correcta, manejo adecuado de las técnicas de la memoria…
Démosle, con nuestro compromiso a nuestro pueblo la oportunidad de vivir en una verdadera República. Ser cada día mejores estudiantes, mejores hijos, mejores trabajadores, mejores amigos, en suma, mejores seres humanos. La educación es el vehículo que nos conducirá hacia el desarrollo.
El autor es directivo ad honorem de un colegio privado.