Joaquín Absalón Pastora
La Sonora Matancera estuvo en el agosto dominguero de mil novecientos cincuenta y seis en Nicaragua. Jubilosas fueron sus actuaciones en Radio Mundial. Me correspondió presentar al cónclave rítmico en Chinandega y León.
Eran tiempos de estabilidad. No obstante el ausente y profundo décimo sentido de la vida, la mimada sensibilidad del olfato nos acercaba a días atiborrados de violencia. La premonición no andaba alejada de la realidad. Un mes después de la estadía de la Sonora, Rigoberto López Pérez liquidó a Somoza García en el trayecto de una fiesta, parte de la campaña de reelección, la cual se celebraba en el Club de Obreros (septiembre de 1956).
En la misma ciudad donde ocurría la convención liberal, un mes antes hubo Sonora Matancera en León. Ahí estaba la guitarra de Rogelio Martínez, el director, cuyo tibio sonido parecía ser entenebrado por la vocinglería. Caíto, cuyos movimientos hacían un dibujo del Caribe en danza, el contrabajista Elpidio Vásquez, Lino Frías en el piano, Ángel Alfonso Furia en la tumba, José Rosendo Chávez en los timbales. Los trompetistas Calixto Laiceda y Pedro Knight, novio desde esos años de Celia Cruz, relación duradera y recóndita que no tuvo el almibal de un recién nacido, resignada ante los efectos solitarios de la infecundidad.
Celia era ritmo en cadencia, la escultora de su monumentalidad, su voz era como un clarín alzado a los aires con el sostén de una dicción que era parte del cristal inviolado. Muchilanga a través de la liturgia encrespada de su voz era capaz de seguir a los pájaros y de ponerlos a bailar bajo la llamarada del sol.
Se autorrefleja en cada uno de sus giros. Espectacular era su manejo de las notas altas, su maestría en aupar los privilegios orgánicos, la magia oculta de las cuerdas vocales que ella hacía trascender con opípara naturalidad.
Los novios no ocultaban su vinculación de prometidos hasta que los rasgara la vejez. Nunca interrumpieron la disciplina amorosa de “andar juntos”, típico en la solidaridad de los encantamientos.
La gracia fue llamada Azúcar porque era su esencia dentro y fuera del escenario. Dos cantantes completaban el trío estelar: Celio González y Nelson Pinedo.
A Celio le decíamos “El flaco de oro”. La otra celebridad, Nelson Pinedo, lucía sosiego en su carácter.
Al regresar a Managua Rogelio Martínez hizo la señal de pasar un rato en el corazón nocturno de las fiestas agostinas: El Casino Olímpico de Moncho Bonilla, situado en ese entonces en las cercanías del Estadio Nacional. La moción fue unánimemente acogida.
Tuve el gusto de compartir esas horas con ellos cruzando la pista de la anécdota riente e histórica. Cada cosa dicha y celebrada era el limpio producto de la vida llena de todo, cargada de cátedras vivientes, serias y jacarandosas.
Hacía calor en las interioridades del Casino Olímpico y alguien pidió mesa afuera, al aire libre. La parranda siguió con el fogonazo del Santa Cecilia, aguardiente que tanto le gustó porque su pegada era más fulminante que la del ron cubano. Ya en el amanecer, confundidos entre ruleteros radicales y suplidoras de música con volumen moderado, comenzaba la despedida. Yo me puse de pie para pronunciar un breve discurso. Al finalizar solicité a Celia Cruz una canción. La petición fue complacida. ¿Y cómo no cantar a mi maestro de ceremonias, chico, qué tu quieres que te cante?, preguntó Celia. No vacilé en la escogencia. Le pedí Tu voz. La espiga se puso en posición de auténtica e insólita solista con sólo el acompañamiento de los bongoseros que usaban la superficie de madera para adherirse al albedrío del premio.
Siguió a la entrega de la canción un abrazo moldeado por la temperatura caribeña y el respetuoso depósito de un beso en el cutis moreno.
Oír a Celia Cruz cantando Tu voz en dedicatoria, era efectivamente un privilegio que aún ronda en los oídos asombrados.
El autor es periodista