Perdón, no olvido, de los pecados

Silvio Méndez-Navarrete

A 24 años de gobierno directo e indirecto de los sandinistas y en vista de que su líder máximo, Daniel Ortega Saavedra, decidió finalmente confesar algunos de sus pecados, nada menos que con Su Eminencia Reverendísima, cardenal Miguel Obando y Bravo, no tengo más que felicitarle y desearle una vida sana y santa.

Después de pedirle perdón a Dios en su confesión, ahora le toca pedirle perdón a los hombres por el daño causado no a una, dos, tres, mil familias, sino a una nación entera que por su situación geográfica ha afectado también a los países vecinos mediante actos que señalaré más adelante.

Cuando se pide perdón a Dios, uno se hace merecedor de ese perdón cuando, al mismo tiempo perdona al ofensor. Pero la persona que quiere el perdón tiene que arrepentirse, lo que conlleva devolución de lo tomado. Ahora bien, los hombres perdonar pueden pero es muy difícil quitarse de la mente, olvidar los hechos delictivos y criminales llevados a cabo por el gobierno sandinista. Es muy difícil o imposible.

Cómo olvidar el brutal asesinato de amigos, conocidos, compatriotas y familiares, Jackie Davidson, Crisanto Solís, Allan Rivas, Salvador Vílchez, José Alberto Vita, Tobías, Jean Paúl Genie, Enrique Lindo, Jorge Salazar, Arges Sequeira, Enrique Bermúdez, etc, el genocidio miskito, el hambre sufrida por todo el pueblo, los CDS, el exilio, la separación de la familia, las redadas de jóvenes que arrancaban del seno de sus madres para llevarlos a la guerra genocida, la confiscación de propiedades, fruto del tesonero trabajo de los antepasados, devaluación de la moneda que robó los ahorros de toda una vida a una gran cantidad de honestos ciudadanos, el enfrentamiento con la Iglesia, la expulsión de sus sacerdotes, el perverso escándalo montado al padre Carballo, el irrespeto a Su Santidad el Papa durante su visita en Nicaragua, etc. Y todavía sus líderes dicen que “lo que hicieron fue por su extremo amor a la patria, a los pobres, a los desposeídos” (T. Borges, julio 19, 2003)

Todo esto crea un trauma nacional imposible de olvidar, de manera que con sólo ver y oír que los mismos líderes que dirigieron ese desastre son los que hoy quieren una nueva oportunidad de gobernar nuestro destruido país, que siguen ondeando la misma bandera roja y negra que es para muchos nicaragüenses signo de muerte, de corrupción, de brutalidad, cuando siguen apoyando gobiernos tiranos y terroristas y a terroristas asesinos, produce pavor y es lo que hace cerrar filas para elegir “a cualquiera” que no sea uno asociado a las fatídicas letras FSLN.

La prepotencia que adoptaron fue tan grande que desafiaron a Estados Unidos, no sólo por medio de la ofensa (“enemigos de la humanidad”, etc.), sino que también se dedicaron a exportar su sistema a países vecinos, alimentando la guerrilla comunista en El Salvador, Honduras, Guatemala y Colombia, queriendo de esa forma, regar el desastre político, social y económico a toda América Latina.

Estos señores, recién confesados y perdonados por la Iglesia no sólo hicieron vivir a los nicaragüenses ese desastre, sino que antes de dejar el poder “de arriba” y comenzar a gobernar “desde abajo”, asaltaron el país y se volvieron todos millonarios, terratenientes, industriales, con la propiedad que los abuelos heredaron a los padres y los padres a sus hijos, pero que hoy se encuentra usurpada por quienes fueron fieles seguidores de la dictadura sandinista.

¿Cómo olvidarán los nicaragüenses que en la casa que nacieron y crecieron, vive y la disfruta el que se la robó? ¿Cómo olvidar que la finca o industria que tanto esfuerzo tomó hacer, es explotada por un ladrón que se apoderó de ella con sólo un papel firmado por un director del INRA o de otro ente correspondiente?

Todo esto dificulta una verdadera reconciliación nacional. Si no se devuelve lo robado, si no recompensan a las familias mártires, si no aceptan de una vez por todas que son los causantes de esta desgracia en que la nación vive y vivirá por muchas generaciones, no podrá haber una verdadera armonía nacional.

El autor es cafetalero.

Editorial
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