¡Suerte de desterrados!

Enrique Paguaga Ferná[email protected]

Desterrado, expatriado, proscrito, emigrado, exiliado… Sobran los vocablos para calificar una de las condiciones más degradantes y dolorosas a que los avatares de la política y el desplome de los sistemas económicos han reducido a millones de seres humanos a lo largo de la historia.

En el Antiguo Testamento se ve el primer caso del destierro como castigo: nuestros primeros padres proscritos del paraíso… y seguimos siendo “los desterrados hijos de Eva”. La casta israelita, el pueblo escogido de Dios, fue reducida al exilio y a la esclavitud en el Egipto faraónico.

En la antigüedad clásica, en el año 482 antes de Cristo, las turbas atenienses manipuladas por el demagogo Temístocles condenan al ostracismo nada menos que a Arístides, llamado el justo. El ostracismo también era práctica común en otras ciudades de la antigua Grecia, como Argos, Megara y Mileto. En Siracusa se le llamaba petalismo, porque en la votación para desterrar a algún ciudadano se escribía el nombre del proscrito en hojas de olivo (en griego “petala”). En Roma, en el año 58 antes de Cristo, el primer triunvirato declara proscrito a Cicerón. En el Nuevo Testamento, apenas recién nacido, al exilio —la huida a Egipto— se va el Redentor de la humanidad. En 1492, Isabel I de Castilla, llamada la Católica, les plantea a los judíos españoles —in exitu Israel— una alternativa: conversión o exilio.

Podría agregar los distintos accidentes históricos que han generado oleadas de exiliados: la barbarie bolchevique, la carnicería nazi-fascista, la guerra civil española; etc. Hace apenas unos años se presenció el regreso a la tierra prometida de las tribus judías etíopes cuya existencia ya desde el siglo XII había relatado Benjamín de Tudela.

En nuestro mundo hispánico, en el siglo XI, Alfonso VI de Castilla, luego de las juras de Santa Gadea, ordena el destierro de Rodrigo Díaz de Vivar… “¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señore!”… “Albricia, Alvar Fáñez, ¡ca echados somos de tierra, más a grand ondra tornaremos a Castiella!”. Y así, el Cid y sus leales vasallos encabezan las legiones de hispano hablantes de la diáspora sempiterna. ¿Quién no ha oído las tan llevadas y traídas metáforas que aluden a la dolorosa condición del destierro? Desde la del que se encuentra “saboreando el duro pan del exilio”, hasta la del opulento y refinado proscrito de una dictadura suramericana, que vivió años en París “escanciando el Dom Perignon en la amargura cristalina del bacarat, mientras saboreaba la langosta termidor del ostracismo”. “Y ese cielo de azul callado, ¡ay Cuba, el que Dios te ha dado!” [Nicolás Guillén].

Miles de dominicanos perseguidos por la tiranía trujillana: Ángel Morales, Juan Rodríguez, Ángel Miolán, Juan Bosch, el doctor Juan Isidro Jimenes Grullón, Horacio Ornes Coiscou, Miguel Ángel Ramírez Alcántara, etc. recorrieron playas extranjeras arrastrando con dignidad su triste condición de desterrados. Venezolanos, encabezados por don Rómulo Betancourt, emigrados de las satrapías de Juan Vicente Gómez y de Pérez Jiménez. Nicaragüenses, los desterrados de nuestra Nicaragua doliente en su gangrena: Enrique Lacayo Farfán, quizás el más emblemático de los exiliados nicaragüenses; Adolfo Ortega Díaz, calificado por Betancourt como “el decano patriarcal de los desterrados políticos de América”; Edelberto Torres, el mejor biógrafo de Rubén Darío; Carlos Pasos, Guillermo Urbina Vásquez, Hernán Robleto y Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, etc. ¡Costa Rica generosa; a veces, sin subterfugios!

Los exiliados políticos nicaragüenses —nuestra Nicaragua de afuera, como dice Alejandro Bolaños Geyer, el historiador que escribe con castiza hidalguía en el acento y con sabor de patria en la palabra— saben en carne propia que la vida regalada no es precisamente una de las características del destierro.

Superada la noche oscura del totalitarismo, ¡la condición de los emigrantes nicaragüenses no es precisamente un lecho de rosas! Y nuestra Nicaragua de afuera sigue siendo, para muchos de nuestros compatriotas, “recuerdo dulce en la distancia, doliente gangrena en la trinchera…”

Y, correspondiendo a ese espíritu cristiano, los presidentes de Nicaragua y Costa Rica, “sin dar prenda al odio, ni a la consigna que la venganza escala”, buscan por las sendas de la integración centroamericana y del desarrollo sostenible, el encuentro de la Nicaragua de adentro con la Nicaragua de afuera; y, “sin sabor amargo en el abrazo; forjemos, en los paradigmas del Estado de Derecho, una patria sin cárcel ni ostracismo; ¡como no nos la dieron en la infancia de canciones, leyendas y consejas, de una contrata y un plato de lentejas…!”

Sin apurar ya la noble y a veces difícil gestión que como embajador de Nicaragua en Costa Rica me correspondió desempeñar; invoquemos —nicaragüenses y costarricenses de buena voluntad— el egregio anhelo de una vida mejor para nuestros pueblos, sepultemos a ambos lados de nuestra frontera a esa arpía recalcitrante que se llama xenofobia e icemos el estandarte de la concordia permanente con aquella palabra de Jesucristo: “Fui forastero y me alojaste…” (San Mateo: XXV, 43).

El autor es diplomático y escritor nicaragüense.

Editorial
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