Santos

Luis Sánchez [email protected]

Está de moda hablar de santos, desde la renuncia del Superintendente de Bancos, Noel Sacasa, quien, según sus amigos, vive en olor de santidad.

Santos son los “que sufrieron y fueron glorificados con Cristo, los cuales atraen a todos, por Cristo, al Padre, y por los méritos de los mismos imploran los beneficios divinos”, se dicen en el Sacrosanctum Concilium de la Iglesia Católica Romana.

El culto a los santos, como lo practica la Iglesia Católica, comenzó más o menos en el Siglo II después de Cristo, cuando en las comunidades cristianas se decidió que si los mártires derramaron su sangre por Dios y el Mesías, podían interceder desde el cielo a favor de quienes en la Tierra los invocaran y rezaran ante sus tumbas.

Se fijó como día de celebración el “dies natalis” de cada santo, o sea el día en que el mártir murió y “nació” al cielo. No hay certeza al respecto pero es posible que el primer santo de este tipo fuese Policarpo, obispo de Esmirna, quien el 22 de febrero del año 155 fue arrojado a un foso de leones, aunque otra versión dice que fue decapitado y después incinerado.

Para el Siglo VI el culto a los santos se había extendido a todas las iglesias cristianas, y desde entonces fueron tantos que muchos no aparecen en la Biblioteca Sanctorum, que relata en 18 tomos la vida y milagros de más de diez mil santos.

Al principio los santos eran declarados en las asambleas de los cristianos y se les rendía culto en las catacumbas (tumbas ocultas). Recogían los restos de los mártires y los guardaban en cajitas selladas que depositaban en las tumbas. Y cuando terminó la persecución, los restos y reliquias de los santos comenzaron a ser sacados de las catacumbas, enterrados en las iglesias o en los lugares donde los martirizaron, y sobre sus tumbas construían iglesias.

Pero el culto a los santos provocó encendidas controversias entre los obispos. Entonces el Concilio de Cartago (año 410) ordenó destruir los santuarios y que no se construyeran más, salvo que estuvieran en lugares notoriamente santificados por la vida o la muerte de una persona santa. Se dictaron las primeras reglas para la santificación y el culto a los santos se hizo esencial, al grado que el Concilio de Nicea, en el año 767, decretó que toda Iglesia debía contener una piedra del altar con reliquias de algún santo. Tal es el origen de poner nombres de santos a los templos católicos.

Andando el tiempo la decisión de santificar se reservó a los papas, pues muchos obispos los inventaban para atraer fieles, peregrinos y limosnas. En 1734 Benedicto XIV dictó la Bula “Sobre la beatificación de los Siervos de Dios y la canonización de los beatos”, vigente hasta ahora con modificaciones recientes de Juan XXIII, Paulo VI y Juan Pablo II.

El primer santo proclamado por un Papa —Juan XV— fue san Ulrico de Ausburgo, en el año 993. Después, en 1234, Gregorio IX formalizó la canonización y dispuso que sólo el Papa podría decretarla. Finalmente Sixto V confió el proceso de canonización a la Congregación para las Causas de los Santos y del Santo Padre.

Más vale saber de esto porque después de lo que pasó el 19 de julio en la Plaza de la Fe, quien quita y de repente tendremos en Nicaragua unos tales san Daniel de la piñata, san Arnoldo del chile, santo Tomás del mint, san Byron de los checazos y san Lenín de la dégese.

Editorial
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