Alfonso Efraín Castellón Ayó[email protected]
Después de leer el excelente editorial del Diario de los Nicaragüenses (LA PRENSA) del 18 de julio corriente, quisiera reforzar un poco lo referente al “ingrato recuerdo” que dejara la “noche oscura”.
Gracias a los eufóricos e irresponsables “muchachos” miles de compatriotas tuvieron que dejar el país, adaptarse a otros estilos de vida, soportar humillaciones de toda clase, discriminaciones, rupturas familiares, enfermedad de patria, frustraciones en cuanto a ideales y esperanzas fallidas.
Y lo peor, la pérdida de seres queridos. Total a personas como ésas y como yo, se nos vino el mundo encima.
Comencé a creer algunos que sería un asunto pasajero, o no muy largo, pero desafortunadamente se llevó diez y medio dolorosos años. Allí (exilio) muchos dejamos lo mejor de nuestras vidas. Algunos llenos de angustia por ser apátridas, pues llegaban sin documentos de viaje, vivieron doblemente la pesadilla del exilio. Otros, más afortunados, logramos ubicarnos bien. Pero aunque el triunfo y éxito se divisara jamás borraría el inmenso dolor de vivir fuera de tu patria.
Los que perdimos seres queridos nos preguntamos: ¿Valió la pena el sacrificio de ese hermano, hermana, padre o madre después de ver los resultados? ¿Valió la pena la pérdida de la vida de tantos nicaragüenses y/o extranjeros que de una u otra forma ayudaron al triunfo de la revolución? ¿Salió el país de la pobreza y el subdesarrollo? ¿Pasó a ser líder de Centroamérica? ¿Se logró al menos mejorar el estándar de vida? ¿Se distribuyeron la riqueza y los bienes expropiados y confiscados en forma equitativa? ¿Se logró hablar sin el temor de que lo echaran preso o lo multara el coronel Luna? ¿Se duplicó el cultivo del algodón, del café, caña de azúcar, exportación de carne, granos y otras materias primas? ¿Hubo realmente un triunfo revolucionario que erradicara cualquier tipo de dictadura y más aún, otra totalitaria?
La respuesta es un no rotundo. Y lo que sí logró la revolución fue ateísmo y persecución a la Iglesia Católica; inmoralidad en toda su extensión; pérdida de valores humanos y éticos; irrespeto a la familia y a la propiedad privada; destrucción del ordenamiento jurídico existente a 1979; confusión Estado-partido; total saqueo de las arcas e instituciones del Estado, convirtiendo a unos pocos en millonarios; implantación del marxismo-leninismo; persecución política; odio de clases; mucha sangre derramada.
Pero como los demócratas como yo adolecemos de esas “virtudes” que hacen del sandinismo ortodoxo un movimiento de cascarudos, ni modo, que viva el 24 aniversario de la revolución sandinista.
El autor es jurista.