Annabelle Sánchez Duarte
Muchas de las personas que me preguntan dónde trabajo y a las cuales respondo que en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, manifiestan su descontento con un sonido nasal-gutural. Luego, cuando ya se expresan verbalmente me lo dicen con todas las palabras: “Los derechos humanos en Nicaragua andan por el suelo”; o, “¿Qué están haciendo por los trabajadores, por los enfermos, por los desalojos, por el medio ambiente?”; o, “Por todos lados hay violación a los derechos humanos”.
En múltiples ocasiones he escrito sobre la necesidad de la coherencia. Según el diccionario de la Lengua Española la coherencia es: “Conexión de unas cosas con otras”. Y uno de los primeros ejemplos de coherencia que recoge el diccionario es el de “un discurso coherente”. Sin embargo, un discurso puede ser bellamente coherente porque guarda todas las reglas de la gramática pero …es simplemente retórica. ¿Cuántas veces uno se encuentra ante una persona que pronuncia un discurso o conferencia y por dentro uno dice:“¡hipócrita!” No es pues la coherencia una cualidad de armonía que se aplica solamente a lo que se expresa verbalmente o por escrito. No, la coherencia guarda una nítida concatenación entre lo que se piensa, se dice y se actúa.
En su Arto. 3 nuestra Constitución Política expresa que “nos oponemos a todas las formas de dominación y explotación colonialista e imperialista y somos solidarios con todos los pueblos que luchan contra la opresión y la discriminación”. Más adelante, en el Arto. 5, se expresa que “son principios de la nación nicaragüense: la libertad; la justicia; el respeto a la dignidad de la persona humana; el pluralismo político, social y étnico; el reconocimiento a las distintas formas de propiedad; la libre cooperación internacional; y el respeto a la libre autodeterminación de los pueblos”.
Estas frases lapidarias no dejan de contrastar con la actitud de desconfianza y desesperanza que tiene un buen porcentaje del pueblo hacia cualquier persona que representa un mínimo de solidez intelectual y moral en la nación. Sin temor a equivocarme —he hecho indagaciones con personas muy variadas— esta actitud se debe a la poca o nula coherencia (consistencia) entre lo que esas personas revestidas de autoridad piensan, dicen y hacen. Ya es un “modus-vivendi”, a cualquier nivel, decir una mentira y aceptarla como una “graciosa” manera de salir del paso y evadir responsabilidades. Hay otras personas que a este tipo de conducta le llama “exageración” o “exabruptos” propios del modo de ser nica. Con estas justificaciones uno se va tragando deformaciones de conducta que a la larga aparecen como naturales.
No me estoy desviando del tema. La falta de coherencia, tal como la he descrito anteriormente, es una manera de dominación y explotación y de pisotear los derechos humanos así como de no respetar la dignidad de la persona. Entonces, ¿de qué sirve hacer promesas; firmar un contrato; expresar cosas agradables delante de una persona y desbaratarla por detrás; convenir acuerdos que no se está dispuesto a respetar? No sirve más que para seguir promoviendo unas relaciones interpersonales falsas las que se desarrollan en terreno movedizo. ¿Es así como se pretende promover el respeto de los derechos humanos en Nicaragua y luego estar acusando a otros países porque no lo hacen?
Si alguna de las personas que leen este artículo opina que yo no soy coherente, le ruego que me lo diga pues no quiero ser una más del montón. No se puede seguir pensando que la honradez se refiere solamente al factor dinero. No es así, la honradez abarca todo el ser (pensante), lo que habla y lo que ejecuta. La honradez nos lleva a hablar lo justo y prometer sólo lo que somos capaces de cumplir. La honradez es corolario de verdad. Como consecuencia, siendo honrados es como las personas se respetan a sí mismas y respetan el derecho que tienen los demás a que se les diga lo que realmente se piensa de ellos. De esta manera, no los estarán manipulando a gusto y antojo, lo cual es una manifestación de ejercicio de poder indiscriminado sobre los demás.
La autora es directora de Promoción de la Procuraduría de Derechos Humanos.