De Managua a Bagdad pasando por Madrid

Xavier Ruiz [email protected]

En España se utiliza una frase hecha (que desconozco si también es usada en Nicaragua) que se refiere a la sorpresa que provoca meterse en problemas ajenos. Así, cuando somos sorprendidos por alguien que se ha involucrado en algo que no le incumbe, le preguntamos: “Y a ti, ¿qué se te ha perdido en esta guerra?”

Ahora, el Gobierno nicaragüense ha decidido enviar 100 soldados a Irak, menos que otros países vecinos, pero suficientes sin duda para que la frase hecha nos asalte de nuevo, y además en su sentido más literal: ¿Pero qué se le ha perdido a Nicaragua en esta guerra, o ya posguerra, y qué beneficios pretende extraer de ella? A primera vista, la imagen emerge casi del surrealismo: 100 soldados de uno de los países más pobres de Latinoamérica pretenden ayudar a salvar del caos a uno de los países más pobres y complejos de Oriente Próximo, sin que nadie parezca preguntarse por la utilidad de este batallón en su propio país, donde podrían realizar tareas de tipo humanitario con mucha más garantía de éxito. Una de las principales razones de todo este montaje se halla a medio camino de América y Asia: En España.

La reciente visita de José María Aznar a El Salvador se inscribe no sólo en la dinámica lógica de visitas protocolarias a Centroamérica, sino que esconde un afán de integrar a otros países amigos en la espiral de lucha antiterrorista bendecida por Washington. El Partido Popular español ha hecho bandera del concepto de seguridad para implicar desde el Ejecutivo a todo un Estado en una guerra incruenta, obviando que la seguridad no lleva a la libertad, sino todo lo contrario: Sentirse libre es lo que le hace a uno tener garantías de seguridad personal. Y esa disminución de las libertades se hace en detrimento también de las capacidades de los parlamentos para aprobar hechos tan remarcables como el de implicarse en una guerra o enviar tropas a la zona de conflicto.

Y para potenciar la maquinaria bélica, qué mejor que acordarse de los amigos del Sur, tan callados y obedientes ellos. Centroamérica cuenta hoy más bien poco en el mundo (ya lo comenté en un artículo anterior en este diario), pero a la hora de hacer sumatorias, un país es un país y cuatro son cuatro. La famosa coalición de países favorables a una intervención en Irak estaba compuesta por unas decenas de Estados, pero si se observa la lista, puede comprobar se que la casi totalidad de ellos eran países en vías de desarrollo, que bastantes problemas tienen para solucionar sus asuntos como para tener que decidir la suerte de un dictador árabe. ¿Por qué Nicaragua se metió en esa lista?

La respuesta es clara: España y Estados Unidos, principales incitadores a sumar miembros a la coalición, tienen a su vez el grifo de algunas claves económicas de Nicaragua: la deuda externa y la cooperación al desarrollo. Abrir o cerrar esa llave de paso no es cuestión baladí, y estar a buenas con los amigos del Norte es un asunto de pragmática política. Si para girar unos grados el grifo hay que mandar 100 soldados a Irak, se mandan; y si mañana hay que hacerlo en Siria o Corea del Norte (países tan próximos culturalmente a Nicaragua como Irak) también.

La cuestión es si todo este proceso no está perpetuando lo que pocos dicen y muchos piensan: el paternalismo semi-colonial de unas metrópolis ricas respecto de unos países sin capacidad de reacción, de una Nicaragua a la que le resulta más cómodo el “sí, señor” que la crítica racional y argumentada. De un gobierno, en fin, de poco fuste político y menor visión estratégica para presentar planes de futuro del desarrollo de una nación.

Hoy en Bagdad, mañana en otro punto si cabe más exótico: todo sea por tapar nuestras vergüenzas y no mirar al niño desnutrido que vive a sólo cien metros de nuestra propia casa.

El autor es Cooperante español. Profesor del máster de cooperación y desarrollo de la Universidad de Barcelona.

Editorial
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