Gustavo Soto García
Por respeto a la memoria de este personaje le llamaré “Juan Robles”, el ladrón de etiqueta, calificativo que muchos años después me enteré le habían adjudicado, casi con admiración y estima. Habitaba con su madre, esposa e hijos, vecino apreciado de mi familia y muy conocido en el barrio. Salía muy temprano, “majadito” o arreglado como un ejecutivo de horario, suponía que trabajaba en una oficina, y regresaba sonriente a las 5:30 con sus “compritas”, regalos para su familia y de paso mis hermanos agarraron uno que otro obsequio, con una sarta de buenos modales y expresiones de respeto.
Muy repetidas veces llegaba la guardia de investigación de la vieja Aviación, bajaban con un toque de cariño preguntando por “Juan”, se tomaban un fresquito, platicaban con la madre del “gentleman de la cartera”, sin colocarle esposas y se lo llevaban, despidiéndose con amabilidad de su vecindario. Yo sólo miraba rostros llorosos y compungidos, contagiándome del evento sin saber su destino. Luego de su partida, la casa de “Juan” perdía vida, su madre lloraba en silencio, con una pena que coincidía con la escasez de la dispensa y los regalos. Más tarde me enteré que lo llevaban preso, para él era una rutina y un reo de mucha confianza y carisma, porque hacían fiesta tanto los guardias como los reos que sabían de su reincidencia.
Tiempo después supe que su trabajo era “carterear”, pero no es que se dedicara a la noble industria del cuero y calzado, sino que viajaba en los buses y su “trabajo” era dejar “limpios” a los ciudadanos que se descuidaban o que le dejaban la oportunidad de meterles las manos, porque se decía que era único en su habilidad y manejo de los dedos, y de colmo cortés y caritativo, conocido por los buseros, pero nadie se atrevía a denunciarlo ¿Por qué? No sé. Al final mi percepción fue que se trataba de un Robin Hood del vecindario.
Pero lo que hacía “Juan” casi como oficio, no le desdobló su personalidad. Un día aceptó su quehacer casi con orgullo y popularidad, convirtiéndose en un personaje. Pero hay un grupo de sujetos de esta nueva era que actúan como la canción de Carlos Vives, los santos cachones, unos ex y ahora funcionarios públicos, otros políticos con cargos, algunos profesionales mercaderes del negocio de influencias, casi “lobbystas” con acceso al poder y miembros de un “ghetto” elegante, con camionetonas de lujo, casas piñateadas, camisetas de demócratas, productores agremiados, títulos de líderes, muy cristianos, asistentes a la procesión del primero de enero, dizque amigos de la Iglesia, sin escrúpulos para infiltrarse hasta en nuestras propias familias, “orondos”, de vestir elegante y fuerte carácter, al límite de demandar a cualquiera que ose vulnerar su “decoro y dignidad”, valientes para señalar y acusar de corrupción —inclusive— a sus amigos de antaño, pero como esos “amigos” cayeron en desgracia, sólo ellos tienen techos de vidrio.
Estos ciudadanos no notables nunca han recibido una coima, sobado la mano a un funcionario del Registro Público, sobornado a un policía, o comprado las caricias de una dama trabajadora de la calle, porque visitan casas de masajes; jamás han traicionado a su esposa, mucho menos ver de reojo las piernas de la vecina, religiosamente van a las sesiones de los hombres cristianos de negocios, nunca pidieron un favor político, o una prebenda, digo —perdón— una libre, son hijos de la capital de Dios, militantes de la frase: “Muerto el rey, viva el rey”, admiradores de don Enrique y liberales de oportunidad, probos cuando trabajaban con doña Violeta, ahora socios fundadores de cualquier club recreativo, fanáticos del golf, ya no juegan “jambol”, prestamistas al 6.5 por ciento mensual, no son usureros, y muy “honrados”, alguna vez fueron consultores internacionales, exilados forzados, negociadores sacrificados de la Contra, en fin hombres llenos de virtudes y pureza, con capacidad de ver a Dios y autoridad moral, para juzgar a los viles terrenales pecadores como nosotros.
La vergüenza con sinceridad es perdonable, pero el cinismo con pulcritud es condenable, así se ha hecho la historia de estos personajes deleznables, con doble cara, un comportamiento disímil, dependen de lo que más les conviene ante la sociedad. Por ello me revuelco en mi conciencia cuando veo a estos mercenarios de “leva y angelicales”, capaces de activar la guillotina, ir a la vela, dar el pésame llorando, e ir al cementerio. Amigo lector juzgue usted, a los ladrones de etiqueta o a los santos cachones.
El autor es sociólogo y administrador de empresas.