Luis Sánchez [email protected]
De nuevo me escribió el amigo Enrique Paguaga Fernández, y esta vez me sugirió escribir sobre Tiresias, el pitoniso de Tebas cuya historia es tan dramática como la de Casandra.
Tiresias era hijo de Everes y de la ninfa Cariclea (hija, ésta, de Apolo) y del centauro Tirón. Un día Tiresias vio sin querer a la bella Palas Atenea completamente desnuda, y la diosa, enfurecida, lo cegó como castigo.
Pero Cariclea era una de las doncellas preferidas de Atenea, y a sus ruegos se conmovió la diosa quien en compensación por la ceguera le concedió a Tiresias el don de la profecía, y le dio un bastón mágico que guiaba al ciego adivino con mucha más seguridad con que lo hacían sus ojos.
(En otra versión se cuenta que los dioses le habrían quitado la vista a Tiresias en castigo por haber revelado a los humanos los secretos del Olimpo, pero lo compensaron dándole un oído tan fino que podía entender el lenguaje de los pájaros. Y en una más se dice que fue Hera la que lo castigó con la ceguera, porque le dio la razón a Zeus en una discusión del matrimonio divino. Pero Hera se condolió después y dio a Tiresias el don de la profecía y una vida siete veces más prolongada que de la cualquier otra persona).
Los griegos consideraban a Tiresias como el adivino por excelencia, como un agur infalible al que hasta después de su muerte le consultaban; como Odiseo (Ulises), quien bajó al infierno para preguntarle sobre su destino. Después, cuando Odiseo ya estaba en Itaca junto a su amada y fiel Penélope, inmoló una oveja negra en honor al vidente-invidente Tiresias.
Tiresias aconsejó que se diera el trono de Tebas y la mano de Yocasta, la reina viuda del asesinado rey Layo, como premio a quien descifrara el enigma de la Esfinge, un ser fabuloso alado con cabeza de mujer y cuerpo y garras de león, que asolaba los campos alrededor de la ciudad.
Tiresias predijo la guerra y la destrucción de Troya, pero su adivinación más importante fue la de que Edipo, vencedor de la Esfinge y nuevo rey de Tebas y esposo de Yocasta, mató al rey Layo sin saber que era su padre (ni que su madre era Yocasta, con quien se casó), cumpliéndose así la profecía del Oráculo de Delfos, de “que el hijo que tuvieran llegaría a ser asesino de su padre y esposo de su madre”.
Yocasta se ahorcó al saber que cohabitaba con su hijo, y Edipo, enloquecido, se sacó los ojos y vagabundeó el resto de su vida asistido por su fiel hija y hermana, Antígona.
No he podido encontrar una referencia específica al respecto, pero deduzco de estas leyendas en las que los dioses ciegan a quienes castigan —como a Tiresias— o inducen a cegarse ellos mismos a quienes por un insoportable sentimiento de culpa se arrancan a sí mismos los ojos —como Edipo—, el origen de la muy conocida expresión de que “los dioses ciegan a quienes quieren perder”.
Lo que es muy cierto, pues ciego significa también terco, empecinado, obcecado, arrogante, arrebatado por una pasión como la del poder y la riqueza, que conduce a la perdición a quienes, como lo recordó don Francisco Quevedo y Villegas, se encaraman en las cimas de la soberbia, y no bajan, hasta que caen estrepitosamente.