El Día de la Alegría y Enrique Gorriarán Merlo

Joaquín Absalón Pastora

Día de ventura nacional fue el 17 de julio de 1979. Efemérides que los hechos, hasta el presente, han justificado como lo único meritorio de celebrarse.

El pueblo nicaragüense redondeó ese día “el currículum” de su historia liberadora cuando con la suma de los vigores no dispersos, logró derrocar al dictador Anastasio Somoza Debayle. La conducta erratil de quienes lo sustituyeron le ha otorgado una reconsideración no razonable y sin embargo públicamente planteada, valedera para un amplio sector de la calle.

Y es que todo fue tan malo a partir del día siguiente de esa apoteosis que por ahí, por esos linderos, se ha llegado a justificar a quien nunca debió ser beneficiario de esa reflexión.

Los políticos que lucharon con el garbo de la palabra y el estallido de las armas encabezaron la rebeldía, motivada por el horrible asesinato contra el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Una vez en el poder hicieron absolutamente todo lo contrario. Perfumaron las fetideces que se creían enterradas. Demostraron que las guerras de liberación sólo han servido para ser las guerras de la opresión. Y hasta se oye decir por culpa de los estafadores —por efecto de lo sucedido después de ese 17— si “valió la pena botar a Somoza”. El “quitáte vos para ponerme yo” comenzó a ser “la comidilla del día”.

El concepto es implacable y no porque el suscrito se inscriba en la acritud del fatalismo. Nicaragua está ahora peor que nunca. No por culpa del gobierno actual, heredero del desastre, de la enfilada distorsión de los anteriores, ni del desplome de los precios en el mercado internacional. Los culpables son los incapaces de no haber usado ni el sentido común a partir del 19 de julio de 1979.

Ahí comenzó a correr el país sobre la pista retroactiva de medio siglo, locura involutiva y suicida que nos clavó a todos. Medio siglo de retirada respecto de la actual ubicación de los países vecinos.

Somoza se fue no sólo de Nicaragua sino del mundo de los vivos. De ello daría testimonio esta vez en ráfaga verbal y no de “bazuca”, Enrique Gorriarán Merlo, cuya tarjeta de invitación extendida por el FSLN, quedó frustrada por la decisión del Gobierno de no permitir su ingreso al país.

La digna resolución evitó la glorificación de un internacionalista con cuya actuación no concuerdan las actuales conquistas pacíficas de los nicaragüenses entre quienes está fresco el pinchazo entre hermanos. La nota no rectificada en el momento de escribir este artículo puso un ingrediente festivo en el campo de la restauración cívica.

El sistema de Somoza fue integralmente cambiado por otro. No cabría tampoco en nombre de su condenable figuración, la actitud de valerse de sus despojos para “seguir llorando sobre la leche derramada”.

Durante los últimos treinta años “ningún mañana fue distinto” a favor de los hijos defraudados. Ninguna claridad parece redimir los pisos de la oscuridad.

Apagada la convicción liberadora suena mejor decir que lo expuesto cada 19 de julio es una excitación gratuitamente celebrante y demagógica por parte de quienes se hicieron tan ricos y dictadores como Somoza (hay honrosas y minoritarias excepciones), por quienes perdieron el equilibrio frente a las embestidas del poder. Venció la ostentación, la cabalgata de los lujos indisimulados. Con semejante contradicción no podía establecerse el ritmo parigual entre la sociedad y el Estado.

El hombre convertido en nominal revolucionario mostró su milenaria arrogancia, echada hacia atrás la humildad, confirmó que la soberbia ha sido la razón de su pecado. La recuperación de los vientos deseados fue un mito.

El 17 de julio de 1979 justamente llamado el Día de la Alegría estuvo limitado a solo unas horas de euforia (“alegrón de burro”), porque en todas las siguientes, desgraciadamente, el deseado y suave céfiro no ha regresado al prado.

El autor es periodista.

Editorial
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