Armando J. Mena [email protected]
El Partido Liberal Constitucionalista, es un partido con unas bases amplias, leales y fieles a sus líderes y conscientes del papel que han desempeñado en los últimos años en la historia de Nicaragua, y asume los errores que haya podido tener en su devenir político.
Nadie debe tener duda que el partido seguirá subsistiendo y ganando elecciones pese a la feroz campaña que se ha emprendido en su contra por quienes creen tener el monopolio de la verdad y del credo liberal.
De todas formas es bueno refrescar un poco la memoria de la reciente historia para estar claros de la fortaleza y solidez del partido, de su organización y su eficacia en las últimas cuatro elecciones habidas en este país, en las que en todas ha salido victorioso, como así lo demuestra el hecho de que el presidente Bolaños detente ahora mismo la Presidencia de la República.
El Partido Liberal Constitucionalista, partido contrastado por las urnas, sigue en la brecha y asume los posibles errores en que haya podido incurrir como partido pero es plenamente consciente que ha hecho grandes favores al quehacer democrático nacional, los hechos allí están y la historia los juzgará en el momento oportuno.
Las bases están en su sitio, como siempre lo han estado apoyando a sus líderes y directivos nacionales, preparándose para nuevas batallas, no perdiendo el tiempo en estériles e inútiles pasatiempos que pretenden llevar el agua a otros molinos revueltos y sin horizontes claros.
Claro que se puede fundar otros partidos, que incluso se pueden llamar liberales. Claro que se pueden aliar con quienes quieran y que pueda haber otras siglas liberales que se presten a hacerles el juego, a cobijarles, pero es claro también que las voluntades, que las personas, que los colectivos sociales que componen el liberalismo constitucionalista no pueden ser suplantados en su permanente militancia con los postulados y proyectos que han dado vida a ese inmenso partido que es el Liberal Constitucionalista.
Voces autorizadas y sensatas del credo liberal como José Rizo Castellón, Eduardo Montealegre y otras, están alertando de los daños que pueden acarrearse con tratar de dividir —no de sumar— a los liberales, e incluso hay quién desde las mismas filas de los que ahora tratan de adjudicarse lo que otros ganaron para el liberalismo advierten de los peligros que pudiera traer la división del liberalismo.
Es hora de cerrar filas, es hora de demostrar ante la sociedad que aunque parezca que los liberales están quietos, no es así, que aunque aparentemente su perfil es bajo, no es cierto, incluso crece el partido, que los hechos así lo demuestran y si no que se acerquen a las estadísticas de las últimas elecciones en las que las matemáticas electorales enseñan la fortaleza de un partido que no está muerto y que así lo demostrará en la próxima contienda electoral.
Que no olviden tampoco algunos que también llevan el apellido liberal y han resucitado como consecuencia de una sentencia y no del fallo inapelable de las urnas, que ellos no han demostrado todavía ni eficacia como gobernantes ni presencia como partidos reales tamizados por las urnas.
Que en todo caso el nacimiento de este nuevo “partido” se trata de un experimento que se quiere realizar desde arriba, sin conexión con el pueblo que es el que crea y da vida a los partidos, sin el aliento que proporciona la credibilidad y la experiencia, que los partidos que nacen de la burocracia no son nunca expresión de la voluntad popular, pues de lo que se trata es de satisfacer egos insatisfechos consigo mismo y de hacer creer que se es fuerte, con lo que se viene una vez más demostrar todo lo contrario, debilidad y oportunismo.
Ojalá quienes están jugando ahora a redentores, no se quemen en las propias hogueras que están encendiendo y que el tiempo que quita y da razones, les enseñe que los experimentos sólo se hacen con gaseosas.
El autor es afiliado al PLC.