Eduardo Enrí[email protected]
Los resultados de la reciente encuesta de M&R Consultores dejan tan claro el rechazo, y hasta el desprecio, que el nicaragüense siente por la clase política que controla los Poderes Legislativo, Judicial y Electoral, que ya ni ganas dan de seguir preguntando en futuras encuestas sobre esto. Es un hecho. Pero también es un hecho que a ellos, los pactistas, no les importa.
Últimamente hemos sido testigos de una elección de magistrados a la Corte Suprema de Justicia que, según la encuesta, tenía el total rechazo de los nicaragüenses; la misma encuesta confirmaba el balance negativo que la gente hace de los integrantes de los Poderes Judicial, Electoral y Legislativo.
Pero la reacción de las personas que representan esos Poderes fue cínica. Los del Poder Judicial simplemente dijeron que “no tenían comentarios”; los del Poder Electoral dijeron “que no les daba vergüenza”; y los del Legislativo dieron la mayor bofetada al realizar la elección sin importarles que el 90 por ciento de la gente la rechazara.
O sea, en lenguaje popular, “les vale” lo que la gente piensa sobre ellos. Como están en un pedestal inalcanzable para el pueblo, pues les importa poco lo que piensa o deja de pensar la ciudadanía.
Así las cosas, cualquiera diría que la población está indignada. Pero la sociedad ya pasó esa etapa de indignación y llegó a la de desesperanza. Da la impresión que la gente en este país está convencida de que ya no hay nada que hacer.
La misma encuesta comprueba este sentimiento cuando el 65 por ciento de los nicaragüenses asegura que de tener una oportunidad se iría del país. Lo que esto quiere decir es que casi siete de cada 10 ciudadanos consideran que lo único que queda por hacer en Nicaragua es cerrar la puerta e irse, sin volver a ver atrás.
Pero eso es como darse por vencidos y dejar el país en las manos de los zánganos. Obviamente, la pregunta del millón es ¿qué hacer? Y aquí viene la parte más inquietante. El cinismo y la irresponsabilidad de los políticos, mezclados con la pobreza y la falta de capacidad de respuesta ciudadana que lleva a la desesperanza, han convertido al nicaragüense en presa fácil del populismo mesiánico. Ese mismo que ha convertido a Venezuela en un polvorín y que dejó al Perú en la ruina institucional.
La misma encuesta revela que un sorprendente y desalentador 95 por ciento de los ciudadanos espera que llegue alguien, “un líder” y resuelva todos los problemas. Eso estaría bien de no ser porque como regla ese tipo de líderes termina por hundir más al país.
No cabe duda que esa actitud es alimentada por la desesperanza, pues si somos sinceros nada va a detener que los liberales arnoldistas y Daniel Ortega y sus seguidores mantengan de rehén a las instituciones democráticas, a menos que la gente se levante y por la fuerza impida actos tan repugnantes como esa repartición del Poder Judicial que ocurrió hace poco. Pero eso también es abrir las puertas al caos.
El nicaragüense se encuentra atrapado entre el cinismo de los pactistas y su propia desesperanza. Quizás por eso la gente, aún después de muchos desaciertos políticos y una clara ambigüedad, todavía insiste en dar un “apoyo con reservas” al presidente Enrique Bolaños. Pero para mantener esa esperanza, él y su equipo deben ser mucho más efectivos y eficientes en el plano político, sobre todo a largo plazo, porque Nicaragua no se acaba en el 2006.