Julio Ignacio Cardoze*
Las ideas no delinquen, los que delinquen son los hombres que aprovechan las ideas para encubrir sus instintos de delinquir”.
Gregorio Marañon (liberal).
Poco se entiende el liberalismo, sutil y diverso, pero tiene arraigo aunque es como un sentimiento inconsciente. Dio cambios sociales. Sus principios (de Locke, Rousseau y Montesquieu) con fundaciones en prédica socrática, germinan cuando se apacigua la revolución francesa y florecen con las propuestas de Sieyés para una constitución, y sus teorías sobre la nación, el sistema representativo, la voluntad general, y los derechos del hombre.
La chispa se enciende en bibliotecas de centroamericanos ilustrados. En la Universidad de San Carlos, Guatemala, se estudia a Locke y a Descartes, centro de ideas, con el Seminario de León.
Llegó a España en mochilas napoleónicas. Se inaugura un primer período liberal (1812-1814) con la Constitución de Cádiz (“La Pepa”), en cuyos debates usan por primera vez el termino liberal, adoptado de Francia en sentido político moderno. En Cádiz participan diputados centroamericanos que se acostumbran a hablar y opinar con libertad.
Al regresar al poder, liberado por Napoleón, Fernando VII, anula la constitución liberal (1814) que el general Riego reclama en 1820, inaugurándose el segundo período liberal (1820-1821). En Centroamérica, el liberalismo ilustrado provoca independencia mediatizada, promovida por intelectuales liberales, comerciantes conservadores y clérigos, que temerosos de perder privilegios creyeron preservarlos separándose de España.
Contagiada la fiebre empezó la lucha entre el pasado y el futuro; entre dogmas, control eclesiástico y la razón. Nicaragua fue el último país centroamericano donde liberalismo llegó a gobernar (1893). Liberales centroamericanos que trascendieron tiempo y fronteras por legado ideológico fueron Pedro Molina; José Cecilio del Valle, amigo del utilitarista liberal inglés Jeremías Bentham; Cañas; Dionisio Herrera; Barrundia; Francisco Morazán; y Montúfar; y los nicaragüenses pocos conocidos en la actualidad, Tomás Ruiz (indio subtiaba graduado en filosofía quien contribuyó a que el Seminario fuera Universidad; discípulo del constitucionalista Matías Córdoba, republicano, amigo de Barrundia). Rafael Osejo (también sutiaba, abogado, filósofo, quien desarrolla su obra en Costa Rica, oráculo de la Constitución de Cádiz y abanderado del liberalismo costarricense, organiza (1822) en Cartago La Tertulia Patriótica, primera organización liberal tica). Toribio Argüello, leonés, abogado, catedrático, diputado a las Cortes de Cádiz, federalista, colaborador de Osejo en Costa Rica. Máximo Jerez, José Dolores Gámez, y José Madriz, aunque más conocidos actualmente, no trascienden las fronteras.
Se recuerda en demasía a Zelaya, considerado epítome del liberalismo, que no lo es. No fue ideólogo ni intelectual, sino improvisado agente inconsciente del liberalismo. Su gobierno fue de un tardío despotismo ilustrado criollo. Los principios en la Constitución del 93 no fueron propuestos por él, y son posteriores al 11 de julio, que empieza en León con los generales Ortiz, Godoy y Chavarría, contra la junta que en abril había sustituido a Sacasa, integrada por conservadores y el mismo Zelaya que se entendía con granadinos, y quien se sumó al levantamiento después de empezado.
Estaba refugiado en Nicaragua el liberal hondureño Policarpo Bonilla, con su gente. El liberalismo, dividido y sin fuerzas para enfrentar al gobierno, pidió ayuda a los hondureños y gracias a ellos triunfó la revolución. Nombraron a Bonilla diputado constituyente por Carazo, y con su secretario, el liberal catracho Francisco Cálix, redactó el proyecto de la Libérrima con principios liberales positivos, por primera vez garantizados constitucionalmente: habeas corpus, libertad religiosa y de expresión, educación primaria gratuita y obligatoria, libertad de trabajo y oficio (limitado por conservadores), igualdad ante la ley, etc.
Se estableció la no reelección, pero Zelaya reformó y gobernó antiliberal y tiránicamente 17 años, con su Ley de Orden Público. Su legado fue fatal: caudillismo dictatorial, lealtad ciega e incondicional al cacique, y llamar ingratos y traidores a los disidentes. Persiguió por igual a liberales y conservadores. Corroyó la democracia y burló el estado de derecho. Para aprender liberalismo convendría estudiar el pensamiento de José Madriz y el catecismo liberal del incomprendido Leonardo Argüello. A pesar de los errores, los que creen (me incluyo) en el liberalismo progresista y democrático, continuarán luchando por Nicaragua con sus principios.
* El autor es jurista, residente en el exterior.