¿Reconciliación o promiscuidad?

A ciertas personas les molestó el Editorial de LA PRENSA del 16 de junio (“Los puntos por Nicaragua”), sobre todo la parte en la que se dice que “algunos de quienes firman los cinco puntos son personas de poca credibilidad democrática, cómplices de la corrupción durante los regímenes sandinista y arnoldista, y ciertos de ellos ahora tratan de imponer prácticas y ‘principios’ que atentan contra los valores esenciales de nuestra cultura occidental y cristiana”.

Quienes se molestaron por esa referencia interpretan que nos oponemos a la reconciliación y negamos el derecho de rectificación a quienes estuvieron involucrados con la represión y la piñata del régimen sandinista, y la corrupción del gobierno arnoldista.

Pero es normal y necesario que haya desacuerdo con las opiniones editoriales de LA PRENSA. Nosotros no expresamos nuestro criterio para hacer proselitismo político. Además, la democracia funciona precisamente por medio de las discrepancias y el debate público de las ideas.

En ese contexto es que opinamos que ahora que hay libertad en Nicaragua y que cada quien puede organizarse en el partido que quiera, o no pertenecer a ninguno, es que son innecesarias las alianzas políticas amorfas y al margen de los principios, que tenían sentido bajo los regímenes opresivos y excluyentes del somocismo y el sandinismo, contra los que debían juntarse absolutamente todos, independientemente de sus diferencias e inclusive antagonismos políticos, ideológicos, culturales y éticos.

Además, es irrefutable lo que dijimos, que carece de credibilidad, o la pierde, un planteamiento de integridad política que se hace junto con quienes participaron en la piñata sandinista y en la corrupción arnoldista y no han querido devolver lo que usurparon.

Decir eso no es estar contra la reconciliación nacional, la cual, por cierto, no significa que todo el mundo se debe meter en un mismo saco político, sino que es el reconocimiento y respeto al derecho de cada quien a organizarse, expresarse y luchar por el poder en el marco de una competencia democrática que mal que bien establece la Constitución de Nicaragua.

En realidad, confundir la reconciliación nacional con la promiscuidad política más bien confunde a los ciudadanos, que no saben en quién confiar porque de repente pareciera como que los tirios se convirtieron en troyanos o que los griegos se hicieron fenicios.

La reconciliación nacional no se funda en el ocultamiento de los abusos que se cometieron en el pasado, sino, al contrario, en el reconocimiento al derecho de conocer y decir la verdad sobre las violaciones a los derechos humanos y la corrupción de quienes participaron en los regímenes somocista, sandinista y arnoldista. Y como al parecer nunca habrá justicia en Nicaragua porque según algunos magistrados no basta tener la razón si ellos no la quieren reconocer, por lo menos hay que mantener en la picota pública a quienes no quieren reconocer ni rectificar el daño que hicieron.

La reconciliación nacional es para que ciudadanos libres y dignos puedan mirar sin vergüenza al futuro, con los espíritus apaciguados por el perdón a los que cometieron abusos de poder y corrupción. Para lo cual es indispensable que los culpables pidan al pueblo que los perdone, y que demuestren arrepentimiento y propósito de enmienda, comenzando con devolver lo robado aunque lo hubieren “legalizado”.

Las heridas abiertas por los conflictos del pasado todavía reciente, no se cierran con facilidad ni rapidez; y mientras la sociedad siga dividida en dos grandes mitades —sandinistas y anti sandinistas—, no es fácil juzgar sin molestar a algunas personas lo que ocurrió durante las dictaduras somocista y sandinista, y bajo el corrupto gobierno arnoldista.

Además, nuestra cultura política está impregnada de tolerancia al delito en general, y a la corrupción y los abusos de poder en particular, lo que dificulta reconocer el imperativo ético de que es necesario recordar la historia y aprovechar sus experiencias; y admitir que esto no significa quedarse prisionero del pasado ni hipotecar a éste el presente y el futuro, sino comprender que no progresan las naciones que ignoran las causas de sus cicatrices.

La verdadera reconciliación nacional sólo es posible en el equilibrio del derecho a conocer y decir la verdad —y la procuración de justicia— con el reconocimiento de las culpas y la devolución de lo ajeno.  

Editorial
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