Jorge Eduardo Arellano*
A dos semanas de haber asumido la Presidencia de la República, don Vicente recibió la visita de su hermano mayor, Juan Aurelio, quien había vivido sus primeros dieciocho años bajo la égida de la monarquía española.
Entonces el país, tras la desolación a la que lo redujo el filibusterismo esclavista, estaba entrando en un período significativo de paz duradera y constructiva. Pero aún era pobre, humilde y patriarcal. Aún necesitaba remover tantos obstáculos —pensaba don Vicente— para colocarlo siquiera, una vez llevada a feliz término la difícil empresa de administrar sus intereses, en el camino de la prosperidad.
De manera que la Casa de Gobierno en Managua —edificio de una sola planta con balcones y sin ornamentación alguna en el exterior— no se diferenciaba mucho de su casa-hacienda.
Allí, pues, comenzaba a llegar en carreta, desde Granada, el aliño que sustentaría al prócer republicano y a su familia: queso chontaleño para las “tanelas”, rosquillas nandaimeñas, mazorcas de chocolate de la hacienda San Antonio, dulces de rapadura en atajos, chorizos y huevos en tusas.
¿Qué estás esperando, ahora que la tenés —aconsejó al nuevo presidente, su hermano, acabado de sentarse y golpeando el piso de madera con su rústico bastón— para devolver esta republiquita a su legítimo dueño, el rey de España?
Y don Vicente, desde luego, no hizo caso de la sugerencia. La consideraba una excentricidad más de Juan Aurelio, hijo natural reconocido de su padre, vecino desde niño de Masatepe y arraigado luego en una finca que adquirió con el producto de su trabajo cerca de Masaya, población desde la cual había mantenido frecuentes relaciones con sus hermanos y demás familiares en Granada.
Una excentricidad —creía don Vicente— similar a otras de Juan Aurelio, ajeno a las costumbres que recién estrenaba la nación. Una de ellas era la de los conciertos, cada jueves y domingo, ejecutados en las tardes por la Banda Militar, dirigida por un maestro belga, cuyos artistas hacían a la vez el oficio de músicos de la Casa de Gobierno y del Ejército.
Pues bien, Juan Aurelio, al escuchar por primera vez la Banda, opinó que el filarmónico a cargo del Helicón debería ganar más sueldo que el de la varita.
Ese pobre hombre —observó— tiene que soplar muy duro, mientras el otro se la gana bien haciendo musarañas.
En realidad, Juan Aurelio carecía de una educación sólida. Apenas había llegado a leer unos cuantos libros facilitados precisamente por su hermano Vicente, nueve años menor que él. Entre sus tomos predilectos se hallaban El judío errante, de Eugenio Sue; Los mártires y El genio del cristianismo, de Chateubriand; El moro expósito y Romances históricos, de Angel Saavedra; El diablo mundo, de José de Espronceda; y, para santificar los domingos, El mártir del Gólgota.
Y es que, para Juan Aurelio, la separación de la monarquía española sólo había traído desgracias: matanzas incontables, saqueos y estupros, incendios y destrucciones de ciudades, persecuciones y fusilamientos, abandono de cultivos y ganados, reclutamientos forzosos, torturas y otras atrocidades, robos autorizados y confiscaciones como las decretadas por Cleto Ordóñez, mandador de la hacienda Tolistagua, a las propiedades de su padre, el más sobresaliente letrado de Granada.
Juan Aurelio se estremecía emocionado cuando recordaba a su padre detenido por orden del mismo Ordóñez que, según él, apenas podía cargar un cañón: el asesinato de su tío Miguel, ministro del Jefe Supremo Benito Pineda, en una cárcel de León; las elecciones presidenciales que la Asamblea Nacional burló a su hermano José Joaquín; y a su otro hermano Diego, político de Masaya, macheteado a manos de un cavernario que antes lo arrastró por las calles atado a la cola de su caballo.
Juan Aurelio insistía en sostener que, salvo algunos escasos años, Nicaragua —como la América española en general— había quedado desde su emancipación política sin tranquilidad, reponiendo al rey —autoridad lejana e imparcial como la del Papa, a la que estaba acostumbrado y satisfecho de ella— con dictadores más o menos crueles que no habían respetado la libertad de cada pueblo para desarrollar sus propios intereses.
Y uno de ellos sería Zelaya, mandamás que en 1894 preparaba la invasión a Honduras para derrocar al presidente Vásquez, derramando infecunda sangre nicaragüense en aras de sus expansivas ambiciones militares. Con ese pretexto impuso las primeras excesivas contribuciones, sistema que adoptó para destruir —arruinándolos económicamente— a sus adversarios. Don Vicente no pudo entregar la cantidad que se le impuso y, pese a sus 82 años, fue llevado a la cárcel.
En esa ocasión, Juan Aurelio agonizaba extenuado por el peso de casi todos los años del siglo y, al enterarse de la noticia, con un rictus extraño y amargo en la boca, dijo:
“Merece el castigo mi querido hermano Vicente, porque cuando lo hicieron Presidente de la República, en lugar de entregarle el poder al rey de España, su legítimo dueño, se dedicó a enriquecer las codiciadas áreas nacionales. Dios me lo proteja para que no le roben su dinero como las elecciones que ganó mi hermano José Joaquín, ni lo asesinen como a tío Miguelito, ni lo arrastren por las calles de la cola de una caballo como a mi desventurado hermano Diego”.
* El autor es presidente de la Academia de Geografía e
Historia de Nicaragua.
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