Enrique Paguaga Fernández
Según los antropólogos, una de las actitudes que caracterizan al hombre civilizado consiste en que éste cobra conciencia del poder político y de sus mecanismos. Desde la antigüedad hasta nuestros días se considera “político hábil” al que se las ingenia para estar cerca de los poderosos y derivar particulares beneficios. Dicen que Judas Iscariote —el traidor mentecato que quiso privatizar el Evangelio— se abría paso a codazos para estar siempre junto al Maestro. Pero ya antes, en la mitología griega, se observan diáfanos ejemplos de esta conducta política del ser humano que se proyecta hasta la época moderna cuando los intrigantes lisonjean a sus deidades protectoras.
Durante mi reciente visita a Grecia tuve la grata experiencia de contemplar, en el Museo de Olimpia, los vestigios del esplendor milenario del templo de Zeus (470 a. C), cuyo frontón occidental muestra el violento episodio que ocurrió en la boda de Pírotoo, rey de los lapitas, con la princesa Deidamía, cuando los centauros se emborracharon e infringieron las leyes sagradas de la hospitalidad en el intento de raptar a la novia y a las otras mujeres de los lapitas. El desenlace de este altercado, que se conoce como la centauromaquia, se decide gracias a la fuerza de Heracles, a la audacia de Teseo y a la intervención de Apolo; el Apolo epidexio, el que extiende la diestra, el dios de la razón y el orden; algo así como el ministro de Gobernación de Zeus, cuyo amparo habían invocado los lapitas.
El relato anterior es sólo uno de los tantos ejemplos que abundan en la historia y en la literatura universal, de la inveterada conducta política que en nuestro tiempo se conoce como “tráfico de influencias” y se trasluce en la jaculatoria mágica de “yo soy amigo del Presidente”.
Viene a propósito la anécdota —real o apócrifa— de cuando un amigo de infancia de José Santos Zelaya regresó a Nicaragua, siendo ya éste Presidente, le pidió como único favor que le permitiera sentarse junto a él cuando, según costumbre del dictador, saliera a pasear en su berlina por las calles de Managua el domingo por la tarde.
Consejas aparte; a lo largo de la azarosa historia nacional ha habido casos pintorescos de cómo algunos politicastros, mercaderes o burócratas golilleros, “amigos del Presidente”, han aprovechado esta condición —casi siempre imaginaria o exagerada— para sacar ventajas y atemorizar a funcionarios probos que nunca han hecho gala de tal privanza. Sólo ha faltado que a alguno de esos “amigos” se le ocurriera presentarse con sus tarjetas de visita: “Fulano de tal/amigo del Presidente”.
Pero independientemente de lo anecdótico de estas “amistades” o privanzas, este juego —equivocadamente calificado como habilidad política— puede resultar peligroso, ya que tales validos, asesores o “amigos del Presidente” llegan a convencerse de que en realidad son ellos los que gobiernan y que el gobernante al que sirven es inconscientemente su instrumento. Este síndrome paranoide, y la conducta primigenia que lo rige, es objeto de magistral estudio del doctor Gregorio Marañón en su ensayo sico-biológico sobre la pasión de mandar, cuyo modelo es el Conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV.
Sería también interesante exponer las maniobras elementalmente maquiavélicas de que se valen los mentados “rumiantes políticos” para alcanzar la máxima privanza. De manera que cuando se quiere “quemar” a uno de ellos porque real o supuestamente está ejerciendo mucha influencia sobre “el hombre”, basta con echar a rodar el rumor de que “ése es el verdadero poder detrás del trono”. ¡La lealtad entre congéneres es exigua!
Peligroso “jueguito político” el de los “amigos del Presidente”. ¡Ilusos y prepotentes maromeros de la cuerda floja!
Mientras tanto, cuídese de esos “amigos”, señor Presidente, que de sus enemigos lo cuidan Dios y el pueblo que lo eligió.
El autor es escritor.