El Cafta y los cangrejos

Eduardo Enrí[email protected]

Hay un cuento viejo, que tiene muchas versiones, pero todas sirven para graficar lo que está sucediendo en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos, conocido como Cafta por sus siglas en inglés.

La versión que me interesa es la del vendedor de cangrejos en el mercado que los mantiene en un balde sin tapa y sin temor a que se le escapen. El vendedor del cuento asegura que no hay manera de que se le vaya ninguno porque cada vez que uno intenta salir, los otros lo regresan al fondo del balde, todos en un vano esfuerzo por escapar individualmente. Claro, cangrejos al fin, son seres tan inferiores que no pueden darse cuenta que sólo trabajando en equipo podrían aprovechar la ventaja que les brinda su captor.

Estamos igualitos los países centroamericanos. Últimamente les ha tocado jugar el papel de “villano” a los guatemaltecos, pero no son sólo ellos, antes fueron los ticos, y la verdad es que a lo largo de las cinco rondas cada uno de nuestros países, en mayor o menor grado, ha jugado con la idea de una negociación bilateral; algo que le debe dar risa a los negociadores estadounidenses, pero como no se vería muy bien que esa propuesta fuese respondida con una sonora carcajada, entonces se limitan a insistir que la negociación debe ser en bloque.

En realidad es ridículo pensar que una economía que se calcula en trillones de dólares pueda tener el mínimo interés en invertir tiempo y esfuerzo para negociar con cada país de éstos la compra del maíz, o las hamacas o la carne que producen.

Pero eso nos pasa por pensar que sólo por estar en una mesa negociadora con los Estados Unidos estamos de tú a tú con ellos en el ámbito comercial. Pura ilusión, si tomamos en cuenta que nuestros países, individualmente, tienen menos población y Producto Interno Bruto (PIB) que algunos condados de los Estados Unidos, y todos juntos con dificultad superarían en esos parámetros —y extensión territorial también— a los estados más pequeños de aquel país.

Pero con esto no quiero decir que la negociación del Cafta es un ejercicio inútil, lo único que quiero hacer ver es que debemos estar claros de qué nos quieren sacar aquéllos y qué le queremos sacar nosotros a ellos. Cosa que no es mala, porque estamos hablando de comercio y eso quiere decir intercambio de algo que ellos tienen y nosotros queremos y viceversa.

Más que vendernos sus productos, lo que ellos quieren es tener acceso a un mercado laboral barato. O sea, lo que ellos quieren es tener un lugar donde trasladar sus fábricas para hacer las mismas cosas que hacen allá pero pagando uno o dos dólares la hora y no 20 ó 30 como le pagan a sus obreros sindicalizados. Además de eso, el Cafta permitiría que una vez esos productos estén manufacturados puedan entrar libres de aranceles a los Estados Unidos y a otros mercados también.

Eso no es del todo malo para nosotros, aunque nuestro mayor interés debería ser tener acceso a ese gigantesco mercado, al tiempo que evitamos que ese gigantesco mercado —que así como consume, produce— nos aplaste.

Pero hay que trabajar con inteligencia, porque aunque hay razones geográficas, de migración, seguridad e influencia para que a los Estados Unidos le interese tener un Cafta, hay otros países listos para aceptar la oportunidad. Para nosotros, sin embargo, el tema es vital, eso sí debemos estar claros de nuestras prioridades, la principal, salir del fondo del balde.  

Editorial
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