No hay ni puede haber indispensables

Luis A. Villalta Morales

Indispensable, según el diccionario, significa imprescindible, lo que a su vez quiere decir algo de lo que no se puede prescindir, algo totalmente necesario sin lo cual las cosas no funcionarían o la gente no viviría. El aire es indispensable para la vida y es por lo tanto imprescindible, al igual que la gasolina lo es para que los carros funcionen. Y hago estas reflexiones para trasladarlas al ambiente político que se vive en Nicaragua, en donde en los últimos tiempos se ha desarrollado una cultura de personas indispensables en la política; aquéllas de las que el país “no puede” prescindir y que siempre están “allí”.

De esta forma, uno encuentra diputados que tienen 20 años de serlo y siguen tan campantes planeando otros tantos años; legislaciones que promueven la cultura de los indispensables enviando una temporada a los ex mandatarios a parlamentar para “aprovechar su experiencia”, magistrados que se pueden reelegir por otros tantos años por la misma razón de “aprovechar su experiencia” y también se encuentran los líderes indiscutibles con 20 o más años dirigiendo “la revolución” o el partido, por su inmensa sabiduría y porque no hay “quién les haga sombra” y sin ellos, el partido o la revolución fracasarían. De esta cultura, nacen los “hombres”, los caudillos, y causa que las instituciones y la clase política que deberían vivir de la constante renovación de liderazgos, queden presas de los “indispensables”.

Y pareciera mentira que a veces las instituciones militares son más sabias que las civiles en este asunto de los “indispensables”. Una vez que un militar llega a la cúspide y se convierte en jefe del Ejército, no tiene ningún futuro en la institución y después de cumplido su tiempo de mandato se va directo a la tierra de nunca-jamás. La Policía Nacional va un paso más allá, puesto que al elegir a su jefe, que también no es reelegible, se manda a retiro a varios policías que aspiraron a la máxima jefatura de la institución. Y así se ha visto salir a excelentes policías, todavía jóvenes, por el bien de la institución, y más importante aún, para permitir que los cuadros de más abajo, que lógicamente tienen aspiraciones, no encuentren un tapón arriba. En la Policía y el Ejército nadie puede envejecer en altos cargos, garantizando la renovación de liderazgos cada cierto tiempo.

Éstas son guías que las instituciones civiles y políticas deberían seguir y abandonar el tema de que hay ciertas personas “indispensables” a las que hay que reelegir para aprovechar su experiencia y más bien pensar en dar más espacio a las nuevas generaciones. En esta línea de pensamiento, no se debería estar pensando en la reelección de magistrados de Corte Suprema para “aprovechar su experiencia” y eliminar de una vez por todas la posibilidad de que una persona que haya sido Presidente de la República pueda ser electo nuevamente; e inclusive poner un límite de dos períodos a los diputados a fin de obligar a los partidos políticos a proponer a la sociedad nuevas caras y valores cada cierto tiempo.

En realidad con el paso de los años he llegado a la conclusión de que no hay ni puede haber ningún “indispensable”, por una simple y sencilla razón de orden biológica: Las personas se mueren. Con la importante salvedad de que uno sólo es “indispensable” para sus padres y su familia más —pero más— cercana. Tenga la plena seguridad, señor lector, que el mundo seguirá girando igual con usted o sin usted.

El autor es funcionario público y catedrático de la Universidad Thomas More.  

Editorial
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