José Adán Rodríguez Castillo
El deseo de hacer bien a la Patria y de conquistar, al amparo de la honradez, un nombre que viva en la memoria y en el corazón de sus conciudadanos, puede impulsar al hombre de ánimo generoso a echar sobre sí la pesada carga del poder público.
Qué bueno sería conocer los sentimientos y no equivocarse al juzgar a los gobernantes muy favorablemente, pero como afirmaba Freud refiriéndose a la mujer, “La Mujer es un continente oscuro”. Así hay que considerar a los gobiernos, una caja de Pandora. Deseo ver en un gobierno una promesa para Nicaragua, porque creo en la capacidad de un patriota de imponerse a las dificultades que ofrece la regeneración del país, dificultades que sólo puede vencer un carácter firme en el propósito del bien, y que no se deja apartar de la justicia, ni por el enemigo intransigente que provoca la violencia con su terquedad, ni por el amigo exagerado que estimula la venganza, cada vez que el espíritu de oposición da moneda de ingratitud en recompensa del sacrificio.
El pueblo desea tener un gobernante que no sólo fije su mirada en el presente, sino tenerla sobre el horizonte del porvenir. En cambio, de la censura de hoy vendrá la bendición de mañana. Deseo que el gobernante sepa que la pasión se extingue, muere con el día; en cambio la justicia es un astro de eterna claridad que a través de las sombras que la maldad amontona sobre los nombres más ilustres, envía sus rayos benéficos para coronar de luz las frentes que han sufrido antes el dolor de las espinas.
Deseo un gobierno que no contradiga con hechos el compromiso de las palabras; de nada sirve el ofrecimiento si el acto no le acompaña. Lo esencial no es la forma sino el fondo, no es el lujo de tener una Constitución bien conformada, sino demostrar de un modo práctico que se ama la libertad para uno y para todos, que se respeta siempre como cosa sagrada el derecho ajeno sin fijarse en el color político que lo reclama; que no se trata de envilecer la dignidad humana convirtiendo al hombre libre en esclavo del miedo, ni arrancar adhesiones bajo la presión de la amenaza. Así y sólo así, al amparo de un régimen de fraternidad y cultura se verá el verdadero trabajo y la única gloria de un gobierno que se ha venido clamando contra los abusos.
Sólo en la libertad puede realizarse el progreso. El despotismo enerva el vigor moral de los pueblos; explota las debilidades humanas para sacar sus tesoro de vileza y abyección; toca al uno con la vara mágica del interés; asusta al otro con la amenaza de una venganza implacable; con una mano paga al espía que venden los secretos de la amistad y con la otra yergue el látigo para acallar la protesta de la conciencia altiva e independiente, para no llegar a tan deplorable extremo, hay que tener siempre presente que la violencia en el mando es una pendiente rápida y peligrosa en que es imposible detenerse, sólo es grande el poder de la justicia. Hay que recordar aquella frase memorable de Napoleón I: “Nada conozco en el mundo más impotente que la fuerza”. Si bastase la fuerza para cimentar un imperio permanente, nadie como Napoleón habría uncido más fácilmente el mundo al carro de su tiranía. Que sirvan de lección las palabras del proscrito de Santa Elena.
El autor es productor.