Emilio Álvarez Montalván
El Renacimiento, con su espectacular interes por todo lo que concierne al hombre, imprimió a la cartografía el impulso que exigía la época de los descubrimientos territoriales. Hasta entonces, las exploraciones del planeta sufrían dos limitaciones. La primera dependía del atraso del arte náutico y la segunda de la prohibición de dirigir las naves al oeste, más allá de las Azores, por temor a que cayesen en un abismo insondable, dada la supuesta cuadratura de la Tierra
Esas restricciones se reflejaban en un curioso tipo de “cartas de marear”, de aquellos años, en las cuales se registraban no sólo sitios existentes sino lugares producto de fantasías, pero cuya presencia creían necesaria. Ese fue el caso de las “islas de la especiería”, la “Atlántida”, el “Mar de los Sargazos”, la “Gran Tule” y en nuestro país, el Estrecho Dudoso, al fin localizado.
Además el veto Papal prohibía a naves españolas dirigirse al Occidente mar adentro de 370 leguas marinas de las islas de Cabo Verde. Todos esos impedimentos terminaron cuando los aires audaces del Renacimiento impulsaron las naves de Cristóbal Colón, cuando zarpó de Palos de Moger el 3 de agosto de 1492, llegando a la isla Guanahaní en el Caribe (12 oct.), creyendo arribar a las Indias Orientales.
Con respecto a Nicaragua, el almirante apenas alcanzó a divisar sus costas al doblar el Cabo Gracias a Dios, el 12 de setiembre de 1502. Nunca se imaginó que Nicaragua debido a su excepcional posición geográfica, que facilitaba la comunicación interoceánica, condicionaría de alguna manera la historia.
Esta posición de “país canalero” sobresale en la colección de 65 mapas relativos a Nicaragua, presentados en la magnífica obra “Un Atlas Histórico de Nicaragua”, escrita por el doctor Francisco Aguirre Sacasa y presentado en el auditorio del Banco Central de Nicaragua el nueve de junio. Ese conjunto forma parte de un lote de 554 mapas que guarda la Biblioteca del Congreso de Washington.
Por otra parte, el Atlas Histórico impreso en Hong Kong, fue financiado por el Banco Uno a iniciativa de su presidente Ernesto Fernández Holmann como parte de la Colección Cultural de Centro América.
En esa serie, doce mapas recogen proyectos de la vía interoceánica, revelando la importancia que para nacionales y extranjeros representaba dicha ruta. El más antiguo de aquéllos data de 1791, cuyo autor es el barón de La Bastide. Su particularidad reside en proponer a El Realejo como salida del canal al Océano Pacifico. Otro notable mapa es el ordenado por Efraim G. Squier, Encargado de Negocios norteamericano en Centro América, quien en 1850 firmó un tratado canalero con el jefe de estado Norberto Ramírez. Francia tampoco desechó la idea de construir esa ruta transístmica, evidenciado por el mapa de Thomas de Gammond impreso en 1858 en París. El último de ese juego de cartas canaleras lo trabajó en 1931 la oficina de ingenieros del ejército estadounidense. Fue levantado dos décadas después de inaugurado el Canal de Panamá, demostrando que sueños viejos y poderosos mueren lentamente.
El Atlas Histórico del doctor Aguirre Sacasa también cuenta con el último (1895) de los elaborados por Sonnenstern, obra declarada oficial de la República. Menciono también el mapa preferido por maestros y alumnos, trabajado por el hermano lasallista Julio Apolonio.
Por otra parte, la obra incluye un pictomapa de Iniser, fotomapas del Instituto Geodésico Interamericano tomados con radar y dos de la NASA captados por satélite.
En resumen se trata de un Atlas representativo que asocia en oportuna simbiosis los pormenores geográficos nicaragüenses con lo hechos históricos respectivos . Recomiendo que esta colección se exhiba en los centros docentes, aprovechando el CD-ROM que acompaña al libro y que incluye 554 mapas. Ello permite la observación en detalle de las cartas presentadas.
El autor es médico y analista político.