- Dos grandes momentos llenaron de “muertos de metales” la bahía de Bluefields: el huracán Joan en 1988 y la piñata sandinista de 1990
José Adán Silva ySergio León [email protected]
El viejo marino Aston Myers vive molesto con la bahía. Su pequeño yate pesquero no puede arrimar al puerto, siempre queda lejos de la orilla y para llegar a tierra tiene que atravesar varios puentes de los viejos barcos abandonados en el puerto de Bluefields.
Tiene razón de sentirse molesto: para bajar a tierra hay que saltar de lancha en lancha, subir por escaleras metálicas, atravesar escotillas, hacer malabares en los bordes carcomidos por el salitre, guindarse de las proas y correr el peligro de caer al agua o peor aún, romperse la crisma al caer sobre el casco metálico de una lancha hundida.
Myers no quiere que nos quedemos con las imágenes que se ven sólo desde el puerto, y nos ofrece su yate para recorrer la bahía y ver en toda su magnitud el inmenso cementerio metálico que bordea la ciudad.
EL PASO DESTRUCTOR DEL HURACÁN JOAN
Por varias millas a la izquierda, y otras tantas a la derecha del puerto, se observan en las orillas, decenas de embarcaciones fondeadas, con los viejos mástiles solitarios ondeando algún harapo descolorido y con el novelesco aire siniestro de los barcos fantasmas.
Se le pregunta al viejo Myers de dónde salieron tantos barcos y por qué están varados. “Hay muchas razones”, explica.
Todo comenzó en 1988, cuando el huracán Joan arrasó el puerto. Decenas de barcos y lanchas fueron hundidas, y otras, terminaron encalladas en tierra firme, de donde no salieron jamás.
“El huracán destruyó y hundió todo lo que estaba en el puerto. Ahí no quedó nada más que destrucción. Muchos dueños de barcos lo que hicieron fue tratar de recuperar piezas y ocuparlas o venderlas, por eso usted ve que muchos barcos están desarmados”, señala Myers.
“Algunos no quisieron salir de sus barcos y los agarró el huracán, ahí murieron”, cuenta el viejo Myers, con el timón en las manos y la vista sobre el horizonte.
PIÑATA ABANDONADA
La otra oleada de barcos destruidos llegó con el fin de la guerra, en 1990. Cuenta el marinero que el Estado nicaragüense tenía varias empresas pesqueras en Bluefields, con barcos soviéticos, cubanos y de otros países socialistas. “Buenos barcos eran ésos, pero no los cuidaron y ahí están todavía algunos, tirados”, cuenta.
Recuerda que con el fin de la administración sandinista, muchos barcos quedaron en manos de cooperativistas y trabajadores del Estado. “Hicieron una piñata con los barcos, pero ni siquiera los usaron, les vendieron los motores, los desarmaron y ahí los dejaron botados, una lástima, muchos barcos buenos se perdieron así”, cuenta Myers, al mismo tiempo que protesta del gobierno regional.
“Esos no sirven. No hacen nada. El otro día un ONG iba a financiar un proyecto para reordenar el muelle, para sacar todos estos barcos, pero al final no se pusieron de acuerdo, no dejaron que se construyeran otros muelles, y el organismo se fue. Son una bola de m…”, se queja amargamente el marinero.