Marco A. Valle Martí[email protected]
Un día de estos, conversando con un amigo sobre Centroamérica, coincidimos en el abismo de diferencia que existe entre el nivel de vida en Costa Rica y el de nosotros. Por donde se le busque, y aunque a ciertos nicas no les guste, dicho país nos lleva unas buenas decenas de años o más de distancia en cuanto a los indicadores de calidad de vida se refiere.
También recordaba una experiencia que tuve hace años en una fila que miles de nicas hacían a lo largo de la avenida sexta frente a la Corte, con el propósito de solicitar su cédula de residencia. Platicando con algunos y algunas, me decían que dejaron Nicaragua ya que no hay trabajo, los salarios son bajos y con el tamaño de las familias “nos estábamos muriendo de hambre”. Un muchacho de unos diecisiete años, con doce de haber salido de Nicaragua, con aplomo decía: “Mi familia se vino por los problemas políticos, y los pleitos; vea, es mejor vivir aquí, es pacífico y tranquilo, no como allá”. En fin, desempleo, salarios bajos e inestabilidad política son las causas principales por las que estos nicaragüenses se fueron de Nicaragua .
En la fila había de todo, carpinteros, cuida carros, cebolleras, empleados de la construcción, choferes, vigilantes, “hacelotodo”, cortadores de caña y café, mecánicos, periodistas, profesionales, amas de casa y pequeños campesinos, entre otros.
Tres cosas me llamaron la atención, una, la opinión unánime de aquéllos y aquéllas que tenían más bajo nivel educativo sobre la necesidad de estudiar y calificarse técnicamente, porque “aquí si no tenés estudios y buen nivel técnico no conseguís trabajo”, expresaba una señora. Cuando hablaban parecía que querían estar estudiando ya, para luego conseguir el trabajo; les brillaban los ojos de seguridad de que teniendo un buen nivel académico conseguirían un mejor puesto de trabajo. Por mi lado, sólo pensaba en que miles de técnicos y profesionales deambulan por las calles y caminos de Nicaragua, o se desesperan en sus casas y en el barrio, debido al desempleo reinante.
La segunda cuestión que me llamó la atención fue que los alrededores de la fila estaban más o menos limpios, no habían bolsas de agua en el suelo, ni latas, ni papeles, en fin, había un nivel aceptable, más limpio que sucio. Nuevamente me trasladé a Nicaragua y en especial a Managua, donde la “norma” es la suciedad, las calles inundadas de bolsas de agua, hojas de vigorón, cajas, papeles, etc.
La tercera fue el orden de la fila. Fluía sin problemas, ya que si alguien quería colarse, rápidamente, sin gritar, lo ponían en orden. Ni que ver, pensaba con las filas en Nicaragua, donde casi siempre hay que estar ojo al Cristo porque cuando menos se piensa le quitan el lugar a la gente.
Cuando me preguntaba qué hacía que estos nicas fueran así en Costa Rica, no pude menos que pensar que era el hecho que tenían esperanza. Sí, esperanza de conseguir un empleo, esperanza de mejorar su nivel de vida y de su familia, esperanza de ahorrar para enviar a Nicaragua, en resumen, esperanza de tener mejores alternativas de existencia. La esperanza cambia para bien la actitud ante la vida.
En Nicaragua, hay que recobrar la esperanza.
El autor es consultor en seguridad ciudadana.