Responsabilidad del desarrollo personal

José Leñero G.* El excelente filósofo de la gerencia, Charles Handy, en su libro “The elephant and the flea” (El Elefante y la Pulga), 2002, comenta que los italianos se sienten tan interpretados por sus artistas plásticos, que en una oportunidad toda la población de Toscana mantuvo un día de huelga para protestar porque alguien […]

José Leñero G.*

El excelente filósofo de la gerencia, Charles Handy, en su libro “The elephant and the flea” (El Elefante y la Pulga), 2002, comenta que los italianos se sienten tan interpretados por sus artistas plásticos, que en una oportunidad toda la población de Toscana mantuvo un día de huelga para protestar porque alguien hizo estallar una bomba en la Galería Uffizi de Florencia.

Hasta el temprano Renacimiento, sus pinturas y esculturas dejaban un mensaje inequívoco de elevar el pensamiento a Dios y a sus santos. Pero en el período siguiente su objetivo cambió al ser humano, no en un rechazo a Dios, sino expresando que El actúa a través de nosotros, lo que nos obliga, en respuesta, a asumir las obligaciones que nos asigna la vida.

Siguiendo con Handy, dice que el filósofo del Renacimiento Marsilio Ficino, expresó bellamente esa responsabilidad diciendo “nosotros somos esencialmente, lo que hay de mejor dentro de nosotros: nuestra alma”. Me parece que esto es una enérgica exhortación a desarrollar y a utilizar lo que hay de mejor dentro de nosotros mismos.

Si estos pensamientos los asociamos con los pragmáticos hallazgos de Jim Collins contenidos en su libro del 2001 “Las empresas que sobresalen”, que un requisito esencial de ellas es tener sólo personal excelente y que sienta pasión por el trabajo que hace, aparece que aquella filosofía italiana y este estudio empírico, llegan a lo mismo: la necesidad de que las personas que trabajan en las empresas excelentes, deben hacerlo con calidad y pasión.

Handy ve también que esa filosofía está en la base de la fortaleza de la economía italiana, asentada en una multitud de empresas familiares que pasan de padres a hijos sin que les interese crecer, pero sí perfeccionarse en su trabajo. En cambio en Inglaterra, dice, no se llaman “familiares” sino “pequeñas y medianas” y están convencidos de que su supervivencia está condicionada a su capacidad de crecer.

De estas consideraciones parece desprenderse la necesidad de desarrollar en nuestro capital humano la profundización de los conocimientos y destrezas que requiere su trabajo, de modo de despertar su pasión y orgullo y, consecuentemente, asegurar la excelencia individual y colectiva de lo que hace.

Como forma de despertar esa necesidad en cada uno de nosotros, reproduzco brevemente una historia personal que cuenta en su libro:

“Pocos años después de mi boda, y trabajando para Shell, un día mi esposa me preguntó:

¿Estás orgulloso de tu trabajo? A lo que contesté: sí, creo que está bien.

¿Y la gente con que trabajas, es especial? A lo que contesté: si están bien.

¿Y tu compañía, es en realidad una buena organización que hace cosas buenas? A lo que contesté: no me puedo quejar, está bien.”

Ante esas respuestas, su esposa lo miró profundamente y le dijo; “no creo que quiera pasar el resto de mi vida con una persona que encuentra todo bien”…

Handy renunció al mes siguiente y se dedicó a consultor y filósofo, por lo que hoy lo conoce el mundo…  

Economía

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