La historia de muchas tragedias

Rolando Álvarez L.

En estos días, la muerte tocó a las puertas de nuestra sociedad. Nicaragua se ha visto estremecida por una situación que nos ha conmocionado a todos: una menor fue brutalmente abusada por “alguien” del que todavía hoy desconocemos su identidad. Quien inicialmente se creía que era el culpable, resultó sin ninguna enfermedad contagiosa.

Sin embargo, éste fue sólo el inicio de las tragedias, porque después de algunas semanas de fecundación en el vientre materno, el caso saltó a la palestra pública, debido a que organismos feministas de conocida trayectoria y clara tendencia, se dieron a la tarea de querer convencer a la sociedad nicaragüense de aprobar un crimen. Es decir, de ser cómplices de un infanticidio.

La niña se convirtió en pocos días en una bandera para proclamar desde el estrado de la muerte, la cultura del aborto. He aquí la segunda parte de la historia. Por sus mezquinos intereses sometieron a esta criatura a un vapuleo psicológico y social devorante. La destrucción psicológica, afectiva, espiritual, moral y religiosa que había comenzado un aberrado, la habían continuado unas groseras agrupaciones.

Fue entonces cuando la Iglesia levantó su voz a favor de la vida. Nosotros intentamos defender la dignidad humana, intentamos salvaguardar la sacralidad, es decir lo sagrado de la vida del hombre y la mujer, quienes somos imagen y semejanza de Dios. Queremos que se respete, sí, la libertad, pero también y antes del respeto a la libertad y a la patria potestad, queremos que se respete la vida, porque quien tiene sentido común y clara la lógica del orden de los valores, sabe que para ser libre es imprescindiblemente necesario ser hombre y para ser hombre es necesario vivir; por lo tanto, no se puede defender la libertad de alguien asesinando la vida inocente de otro ser humano. Quien lo hace tiene un desorden, una esquizofrenia en sus contenidos mentales. Y esto fue lo que sucedió con muchas personas de la vida social, política y económica de nuestro país. Recordemos que a más influencia pública, más responsabilidad moral.

El dictamen médico presentado por la terna del Minsa, concluyó en los riesgos a los que se podría ver sometida la niña, tanto si se continuaba con el embarazo como si se abortaba. Si nos atenemos a la voz oficial de quienes rigen la salud en Nicaragua, no obstante otros médicos han afirmado que con especial cuidado todo hubiera llegado a feliz término, pregunto: ¿por qué si había el mismo riesgo, se optó por la muerte? ¿por qué se prefirió el aborto? ¿es normal que organismos internacionales hayan ofrecido todas las facilidades para realizar el aborto? ¿por qué esos mismos organismos no dispusieron todos los medios que ahora posibilitan a los padres de la niña para tratarle el trauma post-aborto, para salvar la vida inocente que ella llevaba en su seno? ¿por qué no se hacen todos los esfuerzos posibles para dar con el violador? ¿por qué no se prefirió el ofrecimiento del Ministerio de Salud al poner a la disposición todos los centros médicos y hospitales de Nicaragua para que la niña fuera correctamente atendida y cuidada?

Ciertamente muchos abortos se cometen y quedan en la conciencia de quienes lo hacen y participan en ellos directa o indirectamente, pero, de ellos no sabemos. Éste en cambio adquirió ribetes públicos y públicamente se debe defender la vida. El ejemplo a nuestros niños, adolescentes, jóvenes y al pueblo en general, es importantísimo, por eso, aunque ya el daño a estas dos vidas inocentes se haya concretizado, tenemos que seguir proclamando desde los techados de las casas que Cristo ha vencido a la muerte y al pecado, que la vida y la resurrección tienen la última palabra; tenemos que seguir proclamando que la vida es un don de Dios porque Él la creó y Él la redimió, por lo tanto sólo Él la puede dar y sólo Él la puede quitar.

La Conferencia Episcopal de Nicaragua nos ha hecho un llamado a los sacerdotes, “religiosos, religiosas, delegados de la Palabra y pueblo fiel: hagan oír su voz de repudio ante la pretensión de esta infamia y eleven fervientes plegarias a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por la mediación materna de la Purísima Madre de Dios, para que ilumine las mentes y suavice los corazones de los legisladores, y se aparte de nuestra Patria incluso la tentación de aprobar el sacrificio de los niños por nacer”. (Comunicado, 24 febrero 2003). Así pues, recordemos las palabras del Señor cuando nos previene que esta clase de demonios, sólo pueden ser echados con la oración y el ayuno (Mc. 9, 29).

Muchos personajes públicos, mantuvieron durante la discusión una actitud neutral y ambigua. Señores, con casos como éstos, la neutralidad es aprobación y la ambigüedad es complicidad. O se está con Dios o se está contra Él. O se está con Cristo o se desparrama. No hay términos medios. Ahora, la sociedad nicaragüense puede entender muy bien lo que significan aquellos textos que rezan así: “¡… He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y cuánto desearía que ya hubiera prendido!… ¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra… Cuando veis que una nube se levanta por occidente, al momento decís: va a llover y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: viene bochorno, y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? (Lc.12, 49-57). “Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar” (Mc. 9, 42). “¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente que vengan escándalos, pero ay de aquel hombre por quien el escándalo viene… Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 18, 7.10-11). Con este caso, en nuestro país cada uno de nosotros puede saber si optó a favor de la muerte o a favor de la vida. Dejemos hablar a nuestra conciencia. A tal postura tomada, tal responsabilidad asumida.

El autor es sacerdote católico y director de Estudios del Seminario La Purísima.  

Editorial
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