“El instante de vivir”

Ana María Ch. de Holmann

Muchas personas piensan y comentan que ya no se debe seguir hablando sobre Rosa, de su violación, de su embarazo, de su aborto “terapéutico”… el que fue promovido y provocado por organismos cuyos líderes dicen estar contra la violencia, quienes rápida y ágilmente encontraron un inocente e indefenso cordero expiatorio, el hijo de Rosa, quien fue víctima de la violencia como también lo fue la propia Rosa.

Pienso que sí, que es ahora que se debe de hablar de ese tema antes de que el instante de vivir de otras víctimas sea truncado y se sigan cometiendo estos atroces crímenes; que el sacrifico de este mártir no sea en vano; que sea un paso positivo hacia el respeto a la maternidad, la familia y la vida, a la que todas la criaturas, por igual, tienen derecho, y que haya oportunidad para todos de abrir los ojos a la luz del mundo.

Los padres de Rosa, incautos y sencillos, y ella misma, insegura por su futuro, cayeron en “la red de la guadañas de la muerte”. Las autoridades, ambiguas, miedosas y tardías, y un violador mezquino, el que hasta hoy no se le ha identificado para que se le aplique el castigo que merece. Todas éstas son las circunstancias que rodearon el infortunio del pequeño ser sacrificado, que tenía vida propia desde el instante de su concepción.

Su corazón latía desde la tercera semana de gestación, ya Rosa habría sentido pataditas desde las siete semanas y pudiera haber tenido cédula, imprimiendo sus huellas digitales como un ciudadano más. En doce semanas todos sus órganos, espina dorsal y sentidos estaban formados y sensibles; cuando atrozmente lo arrancaron del refugio materno sintió dolor … ¿Por qué no haber esperado tan sólo dos o tres semanas? La vida, se ha comprobado, se puede lograr a partir de las 18 semanas de gestación y comienza a ser posible la viabilidad fuera del útero de la madre. Aquí en Nicaragua hay médicos especialistas en niños prematuros que le hubieran podido prestar la atención debida para salvar la vida del niño y la de Rosa, quien, por su temprana edad, no hubiera podido albergar en su vientre a su hijo durante los nueve meses.

Otra razón, la más poderosa de todas, es que el derecho a la vida, antes o después de nacer no admite controversia. Todas las principales concepciones filosóficas y espirituales acerca de la vida humana que existen coinciden en que ésta es sagrada e inviolable. La vida de un niño comienza antes de que nazca. Un nuevo ser humano empieza a crecer en el útero de su madre al momento de la fecundación, y si ese primer instante de vivir del bebé no es interrumpido, crecerá hasta convertirse en un hombre o una mujer.

Algunos dirán que estos conceptos son anticuados, extremistas o reaccionarios, pero todos están sustentados en las Leyes: Natural, Divina, y en la Constitución, Artículo 23: “El derecho a la vida es inviolable e inherente a la persona humana”. Por su parte, el Código de la Niñez y la Adolescencia manda en el Artículo 9 a “tomar en cuenta como principio primordial, el interés superior de la niña, el niño y el adolescente”. No hace diferencia si está en el vientre materno o ya nacido y no dice que se deba escoger el bien del uno sobre el bien del otro, ambos tienen los mismos derechos.

Hay que rescatar y fortalecer los principios y valores morales debilitados por las contradicciones ideológicas y por las luchas de antagonismo social que ha sufrido nuestra Patria. Este caso pone en mayor peligro la ya deteriorada ética, valores y principios morales y cristianos que es necesario luchar por recuperar. Dios quiera que este sacrificio humano, de Rosa y del hijo de Rosa, de buenos frutos y ayude a todos a entender que en cada mujer embarazada hay dos vidas, la de la madre y la del hijo, cada una con derecho a vivir; y, si por circunstancias adversas una o ambas de ellas están en peligro de muerte, no se justifica el escoger quién vive y quién muere, sino que se deba luchar por salvar ambas vidas, aplicando toda la ciencia para lograrlo.

Si uno de los dos debe de morir, está en manos de Dios decidirlo, no de los hombres. A los seres humanos nos corresponde no profanar ni violentar el sagrado seno materno, y la vida que éste alberga, para que todos podamos lograr y aprovechar el “instante de vivir”…

Dios así lo quiere.

La autora es católica y practicante de su fe.  

Editorial
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