Eduardo Enrí[email protected]
Hoy celebramos el Día del Periodista, pero antes que comiencen las felicitaciones, reflexionemos sobre el estado de nuestra profesión, o como yo prefiero llamarlo, nuestro oficio.
Aprovechando que la fecha cae en sábado, muchos colegas la celebrarán en alegres pachangas donde se felicitarán por ser “el Cuarto Poder”, o por ser miembros de una casta que —según las encuestas— tiene un alto grado de credibilidad entre el resto de los nicaragüenses; o por ser abanderados de la lucha contra la corrupción.
Pero aunque creamos que todo esto es cierto, estamos todavía muy lejos del “buen periodismo”.
A inicios de los años 90, con la llegada de la libertad de expresión, hubo en Nicaragua un fuerte empuje para elevar el nivel ético e intelectual de nuestro oficio. Se avanzó un poco y luego se estancó.
Salvo raras excepciones, ya no se habla de hacer “buen periodismo”. Si echamos una mirada crítica a la situación de los medios de comunicación y de los periodistas, nos damos cuenta de que muchos nunca en realidad botaron el carné partidario, mientras otros —la mayoría— han caído en las garras del mercantilismo, y cada vez con menos pudor —tanto periodistas como medios— se rinden ante ese terrible monstruo de dos cabezas conocido como el “publirreportaje”. Mitad comercial y mitad noticia, probablemente una de las aberraciones más ingratas de este trabajo.
Claro que este tema tiene aristas económicas, que analizarlas me tomaría mucho más que las 600 palabras que puedo escribir aquí, pero creo que en muchos casos se debe a que ni nosotros mismos estamos conscientes de lo que es ser periodistas. El periodista se forma. Y desgraciadamente creo que, por lo general, en las aulas universitarias de nuestro país más bien lo deforman. O lo terminan de deformar.
A mí me dio escalofríos la respuesta de una joven periodista cuando le señalé la abundancia de errores de ortografía que tenía su texto, y por respuesta me dijo que “en la Facultad no se preocupaban por eso”.
Si la primera herramienta del periodista es el lenguaje, ¿cómo no vamos a saber utilizarlo? Pero el problema va más allá de saber cómo se escribe una palabra. Ese, creo, es más bien el primer paso para que el futuro periodista tome conciencia del orgullo con que debe asumir su oficio.
El periodista es quien se encarga de escribir o relatar la historia diaria, de poner en contexto y en orden el rompecabezas de la vida moderna, de proveer con información al ciudadano para que tome buenas decisiones. Las noticias no sólo son el hecho y nada más, tienen consecuencias, deben crear conciencia, y ese es el verdadero trabajo del periodista. Es un trabajo que hay que realizar con orgullo, con dedicación y con la cabeza. Es un trabajo en el que se debe pensar, analizar, hacer sencillo lo complejo y buscar lo diferente, lo nuevo, lo oculto.
Por desgracia, en muchos casos nos limitamos a ser cajas de resonancia, y repetimos declaraciones de políticos y funcionarios. O, peor aún, en muchos medios nos convertimos en una suerte de espectáculo circense, bailándole al mejor postor.
En este Día del Periodista tratemos de reflexionar sobre ese “buen periodismo” que queremos hacer y cómo lo podemos alcanzar. El buen periodismo sólo lo hacen los buenos periodistas, y éstos no llegan a serlo por casualidad. Se forman, se cultivan, se esculpen. Esto no es farándula, no es figuración, y, sobre todo, no es adulación. Es trabajo duro y mucho desvelo.