A Dios lo que es de Dios

En la última encuesta de M&R Consultores, cuyos resultados principales dimos a conocer la semana pasada, el 85 por ciento de los nicaragüenses opinó que “los líderes religiosos deben limitar sus acciones a los aspectos religiosos”.

Sólo un 13.5 por ciento de los encuestados avaló que los líderes religiosos participen en política, y con justa razón, pues lo que esperan los creyentes de sus pastores son orientaciones políticas inspiradas en principios éticos y la búsqueda del bien común, no apoyo a partidos y mucho menos a ciertos políticos que son modelo de corrupción en Nicaragua y a nivel internacional.

Según la misma encuesta, del 90.2 por ciento de nicaragüenses que dicen pertenecer a alguna religión, 70.5 por ciento son católicos, 16.5 evangélicos y 3.2 de otras confesiones. Pues bien, es obvio que en ese 70.5 por ciento de católicos hay liberales, conservadores, sandinistas y de otros partidos, así como gente que no comulga con ningún partido, que en todo caso es la mayoría.

Y es perfectamente comprensible que a un católico que al mismo tiempo es liberal, no le agrade que su párroco tome partido por el FSLN o por el conservatismo, o al revés. En realidad, las personas practican una religión para ponerse en contacto directo con Dios, no para oír que sus sacerdotes y pastores hablen bien o mal de Arnoldo Alemán, Daniel Ortega o cualquier otro líder político.

Pero una cosa es criticar la parcialidad política partidista de algunos jerarcas y clérigos católicos, y otra muy diferente atacarlos por fobias ideológicas, por estar contra la religión y porque los líderes de la Iglesia Católica se pronuncian sobre aspectos importantes de la vida social, de conformidad con lo que establece la doctrina, orienta la fe y manda la ética cristiana.

Tal es el caso del pronunciamiento de la Iglesia Católica en relación con el aborto que le practicaron a la niña nicaragüense que fue violada y embarazada en Costa Rica, pronunciamiento que está inspirado en la doctrina de la Iglesia sobre el sagrado derecho a la vida y en contra del aborto, que ha provocado a ciertas personas a desencadenar una fuerte campaña anti católica y personalmente contra el Cardenal Obando.

Uno de los ejes de ataque contra la Iglesia Católica es la excomunión de los abortistas que anunció el Cardenal Obando, pues lo acusan de que no hizo lo mismo con el violador de la niña. Crasa ignorancia, porque el Cardenal Obando no ha ex comulgado a nadie, sólo informó que el Código Canónico establece de manera automática la excomunión para las personas que procuran el aborto.

En realidad, el Código Canónico —como toda ley penal— es específico en señalar que la pena de ex comunión se aplica en los casos de apostasía, herejía o cisma, profanación de especies consagradas, violencia física contra el Papa, absolución de cómplice de violación del Sexto Mandamiento sin que aquél esté en peligro de muerte, consagración de un obispo sin mandato pontificio, atentar contra la Eucaristía y la absolución sacramental, violación del sigilo sacramental, y por procurar el aborto, en cuyo caso la excomunión se aplica automáticamente, sin necesidad de que nadie la imponga.

De manera que si la ley canónica no establece la pena de ex comunión para los violadores sexuales, nadie la puede imponer, ni siquiera el Papa, y en todo caso se tendría que reformar previamente el Código Canónico para incluir los delitos sexuales.

Por otro lado, quienes no comparten el criterio de la Iglesia Católica de que la vida humana comienza en el mismo instante de la concepción, y que el aborto en cualquier etapa del embarazo constituye asesinato, tienen derecho a discrepar de esa posición de principios.

Para los católicos es loable que su Iglesia reconozca y dignifique la vida de los no nacidos e inclusive de los recién engendrados. Pero esa convicción no se le puede imponer a quienes tienen otro concepto de la vida y del aborto, aunque éstos tampoco tienen derecho de atacar por eso a la Iglesia Católica, y deberían abstenerse de seguir denigrándola sólo porque ella se ocupa precisamente de lo que le corresponde, que es velar por la santidad de la vida.  

Editorial
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