Miguel González
El editorial que publicó LA PRENSA el 28 de diciembre sobre los desafíos del presidente Lula en Brasil, intenta abordar dos grandes aspectos de la economía política de Latinoamérica: los gobiernos de izquierda en América Latina y las condiciones económicas y políticas que la región heredó luego de la llamada década perdida de los años ochenta, y del proceso de transiciones democráticas.
Ninguno de los dos aspectos es tratado con la seriedad que requiere el análisis sobre los desafíos que enfrentara el presidente Lula en Brasil. Primero, porque no es la izquierda la responsable del deterioro en las condiciones económicas en las últimas dos décadas en América Latina y mucho menos en Brasil,Argentina o México; y segundo, porque el análisis de las experiencias de gobierno de la izquierda en América Latina es interesadamente selectivo: no se mencionan, por ejemplo, los procesos de preparación de presupuestos participativos que el Partido del Trabajo ha venido realizando desde hace varios años en la ciudad de Porto Alegre en Brasil y que por su éxito han sido del interés de otros gobiernos municipales en América Latina.
Tampoco se menciona la labor del Partido de la Revolución Democrática en el Gobierno de la Ciudad de México, que a pesar de haber heredado una pesada carga al administrar una megaciudad de 20 millones de habitantes, han ganado dos períodos sucesivos el gobierno de la Ciudad y la mayor parte de sus 16 delegaciones. En el ámbito histórico tampoco se menciona que gobiernos de izquierda electos en forma democrática han enfrentado el acoso ideológico y la intervención militar de Estados Unidos, como sucedió en 1954 contra Jacobo Arbenz en Guatemala; y contra Salvador Allende en 1973. Y en los aspectos de orden económico y social en el Editorial tampoco ha sido capaz de reconocer que buena parte del deterioro en las condiciones de vida de millones de latinoamericanos se debe precisamente a un modelo económico neoliberal que ha desmontado las frágiles economías y ha subordinado aún más los Estados a las multinacionales y a los intereses comerciales de los Estados Unidos.
De todo esto resulta que la economía de mercado no solamente no ha promovido mayor democracia en América Latina, sino que ha aumentado la pobreza. En síntesis, me parece que el Editorial es débil, interesadamente selectivo respecto a las evidencias a las que hace referencia para ‘demostrar’ un argumento que es simplemente ideológico; y al intentar abordar dos aspectos cruciales de la economía política de América Latina.
Estudiante Doctoral de Ciencias Políticas
Universidad de York, Canadá