El resultado de las elecciones ecuatorianas del domingo pasado no fue sorpresivo. Se esperaba. El coronel Lucio Gutiérrez se alzó con el triunfo con un 54 .43 por ciento de los votos, mientras que el empresario Álvaro Noboa quedó en segundo lugar con 45.57 por ciento.
A todas luces, ese resultado indica que el Ecuador ha hecho un significativo giro político hacia la izquierda. Después de todo, durante la campaña electoral, el candidato vencedor —que asistía a los mítines políticos vestido de militar— se alió con grupos marxistas e indígenas y su discurso fue marcadamente populista. Por esa razón, y por sus antecedentes golpistas —en el año 2000 participó en un movimiento que depuso al presidente Jamil Mahuad— hay quienes lo consideran un segundo Hugo Chávez. No obstante, quienes lo conocen bien consideran que es un hombre serio y sensato, y aseguran que una vez en el poder será mucho más moderado de lo que muchos se imaginan.
El principal contendiente de Gutiérrez, Álvaro Noboa —empresario heredero de una gran fortuna basada en fincas de bananos, industrias, una línea aérea y un empresa marítima— no renunció tampoco al discurso populista durante la campaña, aunque es muy difícil creer que Noboa estuviera realmente convencido de sus propuestas. Es mucho más probable que haya recurrido a ellas convencido de que en un país tan empobrecido, como está el Ecuador en la actualidad, era muy difícil que pegara un discurso de otra índole.
Pero las posibilidades que tiene Lucio Gutiérrez de hacer un buen gobierno pasan por el abandono real y efectivo de promesas de campaña que no podrían ser cumplidas sin debilitar más la precaria economía del país. Tratando de calmar las inquietudes de los Estados Unidos, el presidente electo ecuatoriano, durante una gira que hizo al norte del país antes de las elecciones, declaró: “Yo soy una persona pragmática, más que dogmática. Tenemos que liberarnos de las limitaciones ideológicas” Y agregó: “Yo no me defino ideológicamente, y no soy un populista, sino más bien popular”.
Por de pronto Gutiérrez anunció que negociará con el Fondo Monetario Internacional, que promoverá la inversión extranjera y que le permitirá a los Estados Unidos que continúe usando su base aérea en el Ecuador. Es muy probable que esos anuncios no cuadren bien con las expectativas de algunos de sus aliados políticos, pero para quienes han mostrado temor ante una posible radicalización política, sus palabras tienen un efecto tranquilizador.
La situación económica actual del Ecuador no es del todo fácil, aunque puede decirse que después de la debacle que sufrió en 1999, ha logrado al menos una relativa estabilidad, a lo cual, obviamente, ha contribuido la dolarización. En 1999 el Producto Interno Bruto decreció un 7.3 por ciento. En el 2002 creció en un 3.5 por ciento. Mientras que en 1999 la inflación alcanzó un 91 por ciento, en el 2002 fue de tan sólo un 10 por ciento. El ingreso anual por persona es de 1,571 dólares, y la deuda externa alcanza los 11,300 millones de dólares. Se estima que más de la mitad de la población vive en condiciones de pobreza. No hay soluciones mágicas para resolver una situación económica difícil. Lo que sí es cierto es que hay fórmulas bien probadas que, de ponerse en práctica con paciencia y perseverancia, pueden poner a cualquier país en la senda del crecimiento.
Gutiérrez ha empezado a comunicarse con Gustavo Noboa (el actual presidente que no está relacionado con el candidato perdedor Álvaro Noboa) para conocer a fondo la situación de las finanzas públicas que heredará. Y también se ha puesto en movimiento en materia de política exterior. Mientras Fidel Castro y Hugo Chávez visitan Ecuador para homenajear la memoria del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, Gutiérrez anda en Colombia visitando al presidente Alvaro Uribe, quien, como se sabe, está enfrascado en una tensa lucha con la narcoguerrilla.
Pero al igual que con Luiz Inácio “Lula” da Silva —el presidente electo brasileño electo hace unas semanas— no se conocerán los verdaderos colores de Lucio Gutiérrez mientras no ocupe la silla presidencial. Ambos son, teóricamente, hombres de izquierda, pero, ¿lo serán también una vez en el poder?