Empresarios y Gobierno

La petición que la embajadora de los Estados Unidos, Barbara Moore, le hizo esta semana a los empresarios nicaragüenses durante una reunión en la Cámara de Comercio Americana Nicaragüense, es tan apropiada como oportuna. La embajadora estadounidense le pidió a los hombres y mujeres de negocio que se arriesguen e inviertan en Nicaragua. “Ustedes, —les dijo— son más efectivos cuando toman riesgos, cuando compiten, cuando invierten sus recursos para producir nuevos bienes y servicios, y en el proceso crean mayores oportunidades de empleo”. Bien dicho.

De todas partes se escuchan demandas para que el Estado haga esto o lo otro en beneficio de éste o aquel grupo social o sector, y los empresarios, a decir verdad, no son la excepción. A veces pareciera que algunos creen que el Gobierno es el responsable de resolver todos los problemas que existen en el país.

El Estado y el sector empresarial no se deben ignorar mutuamente y mucho menos estar en permanente conflicto. Pero ambos tienen su propia esfera de responsabilidades respecto al otro. Al Estado, y más específicamente al Gobierno, le corresponde crear un ambiente apropiado para que florezca la iniciativa privada. En ese sentido lo primero que le corresponde es ser honesto y austero. En segundo lugar debe establecer una legislación clara, estable y no discriminatoria. Las leyes y los reglamentos deben ser fáciles de entender y de aplicar, no deben cambiarse a cada rato ni establecer ninguna clase de preferencia hacia nadie. Esto último es de capital importancia. El Estado no debe privilegiar a un grupo empresarial sobre otro ni a un sector sobre otro. Simultáneamente, es fundamental que exista un sistema judicial imparcial, efectivo y de bajo costo que resuelva los inevitables conflictos que surgen en la vida de toda empresa en operación.

Asimismo le corresponde al Estado construir una infraestructura de soporte —carreteras, puertos, etc.—, siempre y cuando sea estrictamente necesaria para apoyar el potencial de desarrollo económico. Así, por ejemplo, se justifica una carretera al Atlántico, mas no la carretera que el ex presidente Arnoldo Alemán hizo construir de El Crucero a San Rafael del Sur, con el único propósito de que pasara por sus fincas y lo beneficiara personalmente.

Al sector privado —es decir, a los empresarios— por su parte, le corresponde investigar las posibles oportunidades de negocio, invertir su capital y producir bienes y servicios. Hay que estar claros que el empresario privado invierte cuando tiene expectativas razonables de ganar dinero. El que lo gane o no, debe depender exclusivamente de su propia capacidad gerencial y no de que el Gobierno le asegure las ganancias, o le cubra las pérdidas cuando las tenga. Pero no son pocos los empresarios que son capitalistas cuando sus negocios están teniendo utilidades, pero de pronto se convierten en socialistas cuando los resultados empresariales le son adversos. El empresario contribuye al Estado pagando impuestos.

Toda inversión conlleva riesgos. Son muy pocas las que tienen un grado de riesgo cercano a cero, y lo normal es que entre más bajo sea el nivel de riesgo, menor sea también lo que se puede esperar como utilidad o retorno de la inversión. En Estados Unidos, por ejemplo, los Bonos del Tesoro son una inversión sumamente segura y los rendimientos son bajos. La inversión en empresas, por el contrario, son por lo general más riesgosas y por lo tanto el inversionista siempre espera un mayor rendimiento que compense ese más alto nivel de riesgo.

Existe también lo que se conoce como riesgo país. Cada vez que los inversionistas nacionales y extranjeros van a arriesgar su dinero en una determinada actividad empresarial analizan todos los factores que lo conforman y lo comparan con el riego país en otras naciones antes de tomar sus decisiones.

Con la lucha contra la corrupción, el actual Gobierno de Nicaragua está contribuyendo significativamente a disminuir el riesgo país, aunque es cierto que aún queda mucho por hacer en materia de leyes apropiadas, pero, sobre todo, en el Poder Judicial. Pero también hacen falta muchos más empresarios que sepan evaluar y combinar el grado de riesgo que enfrentan y las oportunidades de negocio existentes. En realidad, el empresario que no toma riesgos no merece ese calificativo.  

Editorial
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