León Núñ[email protected]
El sábado pasado los antiguos analistas políticos de Acoyapa al mismo tiempo que celebraban un año de haber abandonado las rigurosidades científicas del análisis político celebraban también un año de estarle dando rienda suelta a la imaginación.
Durante ese año el movimiento del imaginismo político de Acoyapa fue fructífero. Sin embargo, por culpa mía —como portavoz único de ese movimiento— los lectores de La Prensa no han sido informados de todas las cosas que mis coterráneos se han estado imaginando de los políticos de este país.
Antes publiqué el diálogo que en la imaginación de mis paisanos tuvo lugar entre Maquiavelo y don Enrique. Ahora doy a conocer lo que mis coterráneos se imaginan acerca de cómo sería el diálogo político entre Su Eminencia el Cardenal Obando y el Presidente de la República.
El diálogo fue puesto en escena —se comenta en Acoyapa que en adelante las imaginaciones políticas serán teatralizadas— porque como decía Aristóteles en la “Poética” existe una fuerte vinculación entre la política y el género dramático, que hace posible que a través del teatro, como expresión estética del poder, podamos comprender mejor los fenómenos políticos. El diálogo se llevó a cabo en mi casa de habitación, en Acoyapa, aunque nos imaginábamos que se realizaba en Managua, en la Universidad Católica. Uno de los imaginistas, era Su Eminencia, y el otro, don Enrique. Veamos el diálogo.
El Cardenal. “Bienvenido señor Presidente. Me place saludarle. Tome asiento, y siéntase cómodo como si estuviera en Casa Presidencial. ¿Cómo está su salud? Sepa que yo vivo diariamente rezando por usted”.
El Presidente. “Gracias, Su Eminencia. Ante todo, quiero que sepa que sigo siendo una de sus ovejas. En cuanto a mi salud, deseo manifestarle que estoy bien, y le aseguro que terminaré mi período presidencial; de todas maneras le agradezco que viva rezando por mi salud”.
El Cardenal. “Yo no he dicho que vivo rezando por su salud, sino por usted, por la salvación de su alma. Jamás me imaginé que usted tuviera una lengua tan viperina. Usted debe terminar con esa campaña de calumnias contra el pobre Arnoldo, un hombre honrado, que lo único que se ha robado en su vida ha sido el corazón del pueblo nicaragüense”.
El Presidente. “Vea Su Eminencia, yo nunca he calumniado a nadie. Lo del doctor Alemán es cierto; las pruebas son contundentes”.
El Cardenal. “Señor Presidente, no me hable de pruebas, que no las hay. No existe ningún papel firmado por Arnoldo en donde conste algo indebido. Saque el odio de su corazón. Tenga presente que Arnoldo sólo buenas obras hizo en este país”.
El Presidente. “Las pruebas existen y son inobjetables. Si quiere le mando a Paco Fiallos para que le explique con lujo de detalles todo lo relacionado con este asunto”.
El Cardenal. “Yo estoy claro que usted odia a Arnoldo. Y ese odio lo ha llevado a usted a cuestionar la ayuda que Arnoldo le dio a la Iglesia. ¿No será que usted también odia a la Iglesia? Usted ya sabe cómo la Iglesia ha visto pasar a sus enemigos. No lo olvide”.
El Presidente. “Con todo respeto, Su Eminencia, permítame decirle que yo nunca he odiado a nadie, y que todo lo que hago es por el bien del pueblo nicaragüense. Nadie puede estar por encima de la ley. La corrupción debe ser erradicada de este país, sin importar el costo, porque estoy seguro que el beneficio será inmensamente mayor”.
El Cardenal. “¿Quiere decir, señor Presidente, que para usted la ayuda a la Iglesia forma parte de la corrupción? Debo decirle que usted no tiene cara de ser una de mis ovejas. Desde que usted es Presidente de la República la Iglesia ha disminuido su labor evangelizadora por falta de donaciones gubernamentales, y esto es grave por el avance del protestantismo. ¿No será acaso que usted se está convirtiendo en Testigo de Jehová?”
El Presidente. “Yo no cambio de religión, pero quiero que Su Eminencia me comprenda. Yo desearía darle a la Iglesia lo que necesita, pero no puedo regalar lo que no es mío. La ley no me faculta para donar recursos del erario, ni puedo decirle a Fausto Carcabelos que se haga ‘el loco’ con las importaciones de Coprosa”.
El Cardenal. “Ya veo señor Presidente que no se le escapa ni Roberto Rivas, que dirigió Coprosa con absoluta transparencia. Porque conozco bien a Roberto puedo decirle que es un hombre de bien, un hombre honradísimo, un hombre humilde, que vive apartado del lujo y de la ostentación, que sólo piensa y actúa por el bien del prójimo y de nuestra Santa Madre Iglesia”.
El Presidente. “Yo nunca me he referido al señor Rivas. Yo solamente sé de él lo que dicen los periódicos”.
Después que el Cardenal y don Enrique intercambiaron amables palabras de despedida, el ingeniero Bolaños le pidió a Su Eminencia su bendición. Al final de la bendición Su Eminencia pronunció una oración en la que pidió al Altísimo que iluminara la mente de don Enrique y suavizara su corazón para que iniciara de inmediato un diálogo con don Arnoldo y don Daniel en aras del bienestar de la nación.
El autor es abogado y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.