María José [email protected]
Las palabras de la embajadora de Estado Unidos, Bárbara Moore, pronunciadas recientemente en el seminario “La negociación en la función legislativa”, produjeron en mí dos sentimientos inmediatos: Uno de esperanza; porque con ellas demuestra que el gobierno, de uno de los países que más ha ayudado a Nicaragua, está analizando el desempeño de la Asamblea Nacional, desde una perspectiva que coincide con la de la mayoría del pueblo nicaragüense. Y el segundo; lamentablemente fue de vergüenza, porque realmente no se puede sentir otra cosa cuando un pueblo está representado por un grupo de individuos, que en su gran mayoría, no tienen ni idea de lo que significa la ética, la moral y la honestidad.
A diario este pueblo, a través de los medios de comunicación, expresa su inconformidad por la actitud chabacana, irresponsable y hasta delictiva que orgullosamente ostentan muchos diputados y diputadas, tanto dentro como fuera de la Asamblea; sin embargo, obviamente, para ellos y ellas la voz del pueblo no tiene peso ni les quita el sueño. Realmente para este empobrecido país, los diputados son como pequeños dioses; sus vidas no tienen nada que ver con las del resto de mortales ciudadanos comunes y corrientes. Ellos pueden cometer cualquier delito o abuso y jamás enfrentar la justicia; ganar hasta tres salarios y no llegar a trabajar, arengar a la gente y utilizarla a su gusto y antojo para sus propios intereses políticos, sin importarles la imagen negativa que damos de Nicaragua, adquirir vehículos libres de impuesto, llegar armados a su trabajo y muchos otros “beneficios” y prerrogativas que no conocemos y apenas sospechamos.
Me pregunto: ¿Qué podemos esperar como nación cuando la Asamblea Nacional, ha sido secuestrada y paralizada con el único propósito de proteger a un grupo de personas acusadas de robarle al pueblo de Nicaragua?
La embajadora Bárbara Moore tiene todo el derecho y también el deber de aclarar la posición de su gobierno ante una situación, que para la estabilidad de nuestro país, es tan desesperanzadora. Todos y todas somos testigos de lo que está sucediendo, sabemos perfectamente cuál es el juego y quiénes son los responsables y sin embargo, tenemos las manos atadas. Por lo tanto ya que en este país no se puede hacer justicia ni castigar la corrupción; me alegra escuchar a la señora embajadora decir que: “…los protectores de los corruptos no gozarán de ningún favor o privilegio de parte de Estados Unidos”.
La autora es socióloga.