Félix Navarrete*
El otro día, conversando con mis hijos sobre el discreto y peligroso encanto de la vagancia, ellos aprovecharon el tema para preguntarme, no sin cierta ironía, pero con seriedad y aplomo, si yo me consideraba un excelente padre de familia y un buen amigo.
La pregunta me tomó por sorpresa, y en ese momento no atiné a responder nada convincente. Dije que sí por orgullo, por pura vanidad. Sin embargo, días después que asistí a una reunión de padres de familia en el Instituto Pedagógico, la profesora distribuyó una hoja que contenía un breve ensayo de Fernando de La Puente, un especialista en educación familiar y escolar, que explica las consecuencias de la relación tradicional entre padres e hijos, y la mentalidad con que abordamos sus problemas y desafíos.
De La Puente afirma que la “mentalidad ejecutiva” aplicada al mundo familiar y escolar es la peor estrategia que los padres de familia y educadores pueden aplicar con sus hijos y alumnos. ¿Qué es la mentalidad ejecutiva? Según este especialista, “consiste en trasladar al ámbito familiar o escolar, sobre todo en momentos difíciles, los esquemas profesionales de dirección por objetivos, tratamiento de datos, estudios de casos, etc.” ¿ Qué significa esto? Que los padres tratamos a nuestros hijos como objetos de estudio, como proyectos en constante monitoreo y evaluación, y por consiguiente, clasificamos sus problemas en casos. Es decir, trasladamos mecánicamente los métodos de trabajo profesional a los problemas cotidianos de nuestros hijos, y lejos de identificarnos con ellos, construimos una barrera infranqueable.
¿Cuántas veces hemos dialogado con nuestros hijos, conservando nuestra ínfula de padre sabio y todopoderoso, juzgando previamente sus acciones y hasta sus gestos? ¿ Cuántas veces, con tal de salir del paso, resolvemos sus problema concediéndoles premios, regalándoles cosas materiales, considerando que ésta es la manera más rápida y eficaz de salir de ellos? Grave error.
Esta estrategia economicista de educar a base de prebendas es lo que De La Puente define como “la entrega de bienes y servicios”. Es decir, los padres, convertidos en Papa-Estado, proveemos a los hijos de todos los recursos necesarios para su desarrollo y bienestar, pero no les entregamos nuestro amor y solidaridad, que son los valores que garantizarán una amistad eterna. Creemos que con comprarles un carro, matricularlos en un buen colegio, pagarles un curso de inglés, estamos “dándole cosas”, pero no nos comprometemos como personas ante ellos. Todo lo contrario, comenzamos a cavar nuestra propia tumba.
Y es que realmente, la educación familiar es una misión difícil, que se complica aún más cuando los padres no estamos claros de la diferencia que existe entre educar y proveer. Recordemos que en este mundo globalizado, los antivalores creados por el mercado de bienes materiales, enajenan el espíritu, provocan crisis morales, por lo que nuestros hijos necesitan confianza, afecto y seguridad. Y estos valores sólo los padres podemos transmitirlo con el ejemplo diario y una mente abierta, dispuesta a conocer y ayudar a construir ese mundo complejo y solitario de nuestros hijos.
Termino con De La Puente: “educar es ayudar sobre todo a ser persona. Mi hijo puede tener cualidades limitadas, puede no ser muy simpático o inteligente, puede tener incluso defectos físicos, puede ser algo apático y repetir curso, pero hay algo que yo puedo ayudarle a lograr, y es lo principal: llegar a ser persona. Sin embargo, esta aventura difícil y gratificante de ayudar a crecer como persona, no se lleva a cabo si al mismo tiempo el que educa no se implica personalmente en el proceso”.
*El autor es periodista y escritor.