Eduardo Enrí[email protected]
Ya comenzaron. Ya salieron los estudiantes a la calle con sus morteros a exigir su derecho constitucional del seis por ciento del Presupuesto General de la República. Y “Dios guarde” si aprueban el presupuesto con un peso menos de eso. Empezarán las pintas, tomas de edificios, quemaderas de llantas, cierre de calles y las batallas campales con los antimotines. Y no se detendrá hasta que el gobierno se rinda y les entregue el porcentaje que demandan, como si se tratara del rescate que pide un secuestrador.
No importa que el presupuesto sea paupérrimo, que haya una inmensa deuda interna y externa que pagar, que no haya suficiente dinero para comprar medicinas y que cada año un millón de niños no conozcan el interior de un aula de clases. A los estudiantes de las universidades estatales hay que darles su seis por ciento porque así lo dice la Constitución y punto. A ellos no les importa que esa misma Constitución que tanto invocan también “garantiza el derecho” a la salud y la educación de todos los nicaragüenses.
Lo que pasa es que ni los niños ni los enfermos pueden lanzar morterazos, quemar llantas y agarrarse a pedradas con la Policía.
Los rectores magníficos, como les gusta llamarse, aglutinados en el Consejo Nacional de Universidades (CNU) –para mí los principales promotores de la violencia del seis por ciento– han dicho en un acto de “magnanimidad” que aceptarían “sólo” 721 millones de córdobas, “aunque no representa el 6 por ciento”. La propuesta que el gobierno envió a la Asamblea es darle a las universidades 670 millones de córdobas, que en las carnes que está el presupuesto ya es bastante. Demasiado.
Y digo demasiado porque es más de lo que se va a dar para la seguridad ciudadana, por ejemplo. Y es más de la mitad de lo que se está presupuestando para la educación de todos los niños y jóvenes.
Pero además, todo este concepto del 6 por ciento está errado y es terriblemente dañino para Nicaragua. Primero, ¿a quién beneficia? Beneficia al escasísimo y privilegiado grupo que puede ir a la universidad. Ese millón de chavalitos que no pueden entrar a primaria por falta de presupuesto no se beneficiarán con el seis por ciento. Segundo, ¿qué produce? Miles y miles de profesionales que en su mayoría terminarán en el desempleo o trabajando “en cualquier cosa” porque no encuentran trabajo en su profesión.
Y todo ese despilfarro mientras languidece la educación técnica, que es la que garantiza el empuje de una economía. ¿Se puede pensar en una forma más cruel de gastar un dinero que no se tiene? Yo sólo puedo pensar en una, los robos que hacen los políticos en el gobierno.
El esquema está errado, no se puede regalar ese dinero. El estudiante pobre y con buenas notas debe tener derecho a una beca completa, pero el resto debe pagar si quiere ir a la universidad. El gobierno debe implantar un sistema de préstamos revolventes a bajos intereses para aquellos que no son ni ricos ni excelentes alumnos, pero es una oportunidad, no un derecho.
Hay que cambiar el esquema, hay que amarrarse los pantalones y hacerlo. Pero para eso habría que cambiar la mentalidad de los diputados y los políticos en general, cuyos únicos parámetros para tomar decisiones son el oportunismo y el populismo.