Sor María, mimada de su reina

Ruth C. de Fuentes

En enero de 1939, Sor María, acercándose al Sagrario le preguntó a Jesús: ¿Quién soy yo Jesús? Tú eres la predilecta de mi Madre y la consentida de mi Padre. Y de ti ¿quién soy? “Mi amada”.

Luego el 23 de noviembre de 1958 necesitando 15,000 colones para la construcción de la casita, Sor María habló a su Reina pidiéndoselo con su oración: “pon tu mano, Madre mía, ponla antes que la mía”, y ella le da su respuesta: “Hija mía amadísima: si a todos sin excepción concedo cuanto me piden, con mucha más razón me mostraré pródiga para contigo que eres mi hija por elección”. El filón de oro para sus obras, Sor María lo tenía en el alma.

Como se ve Sor María es la mimada, la predilecta de su Madre María Auxiliadora; ella misma le dice: “me diste desde niña una gran sensibilidad por las necesidades ajenas, y sobre todo hacia los pobres, para dedicarme enteramente a ellos. Pues, a qué hermana de la Congregación le has dado, no un aula, ¡sino una casa, una Capilla y hasta un Consultorio Médico! ¡Y todo cuanto he pensado y deseado para ellos! ¿Y cómo me los has dado? ¡Haciendo maravillas y proezas con tu brazo! ¡Oh Dios mío y Madre mía! ¿Qué más podían hacer por mí?”.

Qué confianza y qué seguridad en el amor de su Reina, ella sabía que siempre le daría con sus actos de misericordia y sus milagros lo que ella necesitaba para ayudar a sus pobres y llevarlos por el buen camino al cielo.

Sor María tenía a jóvenes a quien llamaba misioneritas y las mandaba a los diferentes pueblitos lejos de San José. Una vez que volvían de Santa María de Dota, un pueblo perdido entre las montañas (a la ida habían sido acompañadas, muy briosas ellas, en caballos prestados). Ahora, más bien asustadas, no por los caballos sino por el camino desconocido, se encontraron a un viejito que indicando el camino dijo: “por allí, y yo puedo acompañaros”.

Fueron arriba y abajo por montes y valles durante cerca de dos horas con el caballo y el hombre desconocido a su lado. Luego, cuando ya veían a lo lejos el campanario y la torre de San Isidro, el hombre y el caballo desaparecieron. Casi cerca de las puertas de la zona habitada se encontraron un toro furioso, que con el galopar de los caballos fijó la mirada, moviendo la cola, no ciertamente como señal de amistad. Sor María escribe que los toros son temibles porque pueden desgarrar a uno de un solo asalto. Y, enseguida compareció el anciano que con un sencillo gesto de la mano, hizo que el animal se fuera.

¡Cuántas veces en las narraciones de las misioneritas vuelve este personaje desconocido! Y ellas, con Sor María dirán que era San José, como el que dice el vecino de casa. Sor María añadirá que lo mandaba la Virgen, porque ella las cubre con su manto.

Hay que amar a la Virgen como ella la amó, rezarle con amor, como Sor María decía de la oración: “lo que el aire es para los pulmones es la oración para el alma”.

Hay que pedirle a Sor María que interceda ante su Reina por sus compatriotas los nicaragüenses, para salvar a Nicaragua.

La autora es miembro la Asociación Sor María Romero.  

Editorial
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