El camino de China hacia la democracia

En 1943, el austriaco Friedrich A. Hayek, que ganó del Premio Nóbel de Economía en 1974, escribió lo siguiente: “El fascismo es el estado a donde se llega una vez que se ha demostrado que el comunismo es ilusión vana”. Esas palabras, que forman parte de “Camino de Servidumbre” —una de sus más conocidas obras— han resultado ser proféticas, como puede fácilmente comprobarse en la China de hoy en día.

China sigue siendo nominalmente un país comunista, pero con los profundos cambios que ha experimentado en su sistema económico durante las últimas dos décadas y media, puede decirse que es actualmente un país más fascista que comunista. El sector privado, que fue brutalmente suprimido en 1949 cuando triunfó la revolución comunista de Mao Tse-Tung, ha vuelto a renacer, y con una pujanza tremenda.

La apertura en el sistema económico iniciada por Den Xiaoping a finales de los años setenta (justo cuando aquí un puñado de revolucionarios trasnochados pretendió instaurar un sistema comunista) era inevitable. El sistema comunista había para entonces probado ser improductivo e ineficiente, y no quedaba más que el cambio hacia el capitalismo. Pero eso sí, conservando el Partido Comunista el poder absoluto en lo político.

Como resultado de lo anterior, hoy en día los líderes comunistas chinos, más que comunistas, pueden ser considerados fascistas, porque están presidiendo un país en el que el sector privado ocupa un cada vez más importante lugar en la economía —aunque aunado a un todavía gigantesco sector empresarial estatal—, y conservando el monopolio del poder militar para suprimir cualquier disidencia.

El recién concluido XVI Congreso del Partido Comunista no produjo ninguna apertura democrática, pero sí avanzó en el camino al fascismo al proponer el presidente saliente, Jiang Zemin, que el partido revisara sus estatutos para poder darle cabida a los empresarios. Ya existían dentro del partido algunos “empresarios” pero éstos eran miembros de las empresas estatales. La reforma propuesta, sin embargo, contempla la inclusión en el partido de verdaderos empresarios privados.

El capitalismo económico le ha permitido a China multiplicar por 8 su economía en los últimos 25 años. Este año espera tener un crecimiento económico del 8 por ciento, superior al del 2001 que fue de un 7.3 por ciento. La inversión extranjera en el 2002 alcanzará los 50,000 millones de dólares, el más alto nivel alcanzado hasta ahora. Eso quiere decir que más y más empresarios privados extranjeros están incursionando en la China para aprovechar un mercado de 1,300 millones de personas. El año pasado la China pasó a formar parte de la Organización Mundial del Comercio, hecho que la sitúa en un estatus de igualdad comercial con cualquier otro país capitalista del mundo.

Pero como decíamos antes, no se vislumbra ninguna apertura democrática. Y hay que estar claros que la apertura económica, si no va acompañada de una apertura política, hace del sistema un sistema fascista. Pero eso, después de todo, puede considerarse un gran avance, si tomamos en cuenta que países que en cierto momento han sido fascistas —como Chile, España, Taiwan y Corea del Sur— eventualmente abrieron su sistema político y son hoy en día democracias plenas.

Y aunque los líderes “comunistas” chinos no parecieran por ahora tener en mente ningún plan de apertura democrática, tendrán en algún momento que cederle el paso a las reformas políticas, como sucedió en los países mencionados en el párrafo anterior. Qué tan distante está ese cambio es todavía impredecible. Pero mientras tanto, a medida que las personas vayan mejorando su nivel de vida como consecuencia de la operación de la economía de mercado irán también demandando más participación política. Cuando la presión sea lo suficientemente intensa, el liderazgo fascista no tendrá más remedio que doblar su rey y abrir el sistema, ya que es bastante improbable que a estas alturas vuelva a haber una supresión violenta de los anhelos libertarios como ocurrió en 1989 en la Plaza de Tiannamen. Y si el tren de ese país no es descarrilado, llegará, eventualmente, a la estación de la democracia, independientemente de la voluntad de los líderes que hoy la gobiernan.  

Editorial
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