El lunes pasado, la gerente del Mercado Oriental de Managua y el jefe del Sistema Nacional Contra Incendios, por medio de un reportaje del Canal 2 de Televisión advirtieron a la población que en cualquier momento podría estallar en dicho mercado un incendio de vastas proporciones que sería muy difícil o prácticamente imposible controlar. Según el jefe de Bomberos, el Oriental ocupa una extensión de 62 manzanas pero apenas hay allí seis tomas de agua (“hidrantes”), y lo más probable es que algunas o la mayoría de ellas estén inservibles. Además, los alambres del tendido eléctrico, antiguos y obsoletos, forman enredados moños que milagrosamente no han causado todavía un espectacular cortocircuito ni provocado un incendio de grandes dimensiones.
Según la gerente del Oriental, los mismos mercaderes y vivanderas impiden que se ponga orden y apliquen las indispensables medidas de seguridad, porque consideran erróneamente que éstas atentan contra sus intereses. Y por eso es que se han frustrado todos los esfuerzos de las autoridades para ordenar el mercado y garantizar la seguridad.
Pero no sólo por el desorden y la inseguridad es que el Mercado Oriental de Managua representa un grave y peligroso problema para las autoridades municipales y la ciudadanía capitalina en general. También, desde hace mucho tiempo este centro comercial popular es un foco de insalubridad, delincuencia y descomposición moral, ya que el desorden y la falta de autoridad impiden establecer y hacer respetar reglas básicas de higiene ambiental, seguridad ciudadana y moralidad pública.
Antes del terremoto de Managua de diciembre de 1972, el Mercado Oriental era un pequeño centro de venta de verduras que con dificultad ocupaba una manzana de extensión. Pero desde entonces se expandió de manera incontenible e incontrolable, hasta llegar a ocupar las 65 manzanas de ahora —donde confluyen diariamente unas 50 mil personas— y a convertirse en un polvorín que en cualquier momento podría estallar y causar una catástrofe de incalculables proporciones y consecuencias.
Y tiene razón la gerente del Mercado Oriental al decir que son los mismos mercaderes y vivanderas quienes impiden el ordenamiento y la adopción de medidas de seguridad. Al respecto aún se recuerda el gran esfuerzo que se hizo en los años ochenta, cuando las autoridades quisieron despejar las calles y aceras del Oriental para restablecer la circulación de vehículos y peatonal, y cercaron el perímetro del mercado para que no se siguiera expandiendo sin control, pero hubo un gran escándalo público y una rebelión popular que obligó a las autoridades del municipio y del mercado a desistir de su empeño.
En realidad, ante situaciones como ésta lo más fácil es proponer soluciones y criticar a las autoridades porque no ponen orden ni establecen las condiciones indispensables de seguridad. Por ejemplo, sobran propuestas para obligar a las vivanderas a que ocupen los lugares que previamente se les ha señalado y a que despejen las aceras y calles del mercado; construir galerones con las adecuadas condiciones de higiene y comodidad para que las vivanderas se instalen y atiendan apropiadamente a sus “marchantes”; instalar el número suficiente de tomas de agua contra incendios (por lo menos una en cada cuadra); renovar totalmente el alambrado y los transformadores eléctricos; instalar una subestación de Policía dentro del perímetro del mercado, lo mismo que un centro de salud y al menos una escuela para los niños de las vivanderas, etc. Lo difícil es enfrentar a las mercaderas y vencer sus deficiencias culturales y sus costumbres atávicas que impiden resolver el problema. Pero la verdad es que algo se debe hacer, y pronto, antes de que estalle el polvorín del Oriental y haga arder a gran parte de Managua.
La ciudad, en términos generales, es un centro de civilización y crecimiento humano. En la ciudad se impulsa el desarrollo económico y social y se cultiva el progreso cultural de la nación. E igual ocurre con el mercado, donde confluye la gente a vender y comprar lo que necesita y se impulsa la iniciativa personal y la convivencia citadina. Pero si no hay orden, respeto a la ley y seguridad, el mercado se convierte en una grave amenaza para la sociedad, como es sin dudas el caso del Mercado Oriental.