La inquietante llamada de la esposa de Tirso

Arturo Mcfields [email protected]

Todavía no se cumplía una semana del susto cuando el domingo siguiente, después de regresar de mi turno en el periódico, sonó el teléfono. aló ¿quién habla? “Habla la esposa de Tirso Moreno”, respondió la entrecortada y extraña voz detrás del teléfono.

Por unos instantes reviví la horrible pesadilla del martes 22, a las 3 y 40 minutos de la tarde, los gritos, los disparos y aquel hombre con el pañuelo rojo y las dos pistolas… “Habla la esposa de Tirso Moreno”, repitió aquella voz desesperada mientras yo callaba al otro lado de la línea.

En ese momento pensé que estaba a las puertas de otro secuestro, aunque esta vez el escenario era distinto, no era la sala de redacción con los periodistas y fotógrafos que aún no memorizó bien sus nombres y apellidos; esta vez el escenario era mi casa y los protagonistas de aquella pesadilla eran mi madre, Cindy, Wendy y yo.

La esposa de Tirso me llamó y comenzó a contarme otra parte de la historia que yo hasta ese momento no conocía, como por ejemplo que ella misma había visto la triste metamorfosis de un ex guerrillero triunfalista a cargo de dos mil hombres, a alguien que ya no era como decían los Beatles: “la mitad del hombre que solía ser”.

Cuando las amenazas de un nuevo secuestro se desvanecieron y el sudor de mis manos ya no estaba, empecé realmente a poner atención al relato que hace varios minutos había iniciado la compañera de vida del tristemente célebre “comandante Rigoberto”.

Me preguntó ¿qué podía hacer? y ¿con quién tenía que hablar?, para que el dolor de ella y de sus dos hijos terminara ante el mayor y más reciente enredo en el que su problemático esposo se había metido.

Le respondí que no había mucho que hacer sino pedirle a Dios que estas circunstancias adversas le ayudaran a su esposo a darle un nuevo sentido a su vida. Ella confesó que el hombre había recibido desde hace días tantos consejos como fuera posible, pero nada parecía cambiarlo. Dijo que “en el fondo era un buen hombre, pasando por muy malos ratos”.

La familia no tiene plata y el abogado se lo proporcionaron familiares y amigos. Esos mismos “amigos” le dijeron que estaban dispuestos a sacar al comandante por la violencia, sin embargo, ella estaba consciente que fue la violencia la que lo llevó a este juicio y no era ésta la que lo iba a devolver a casa.

Traté de darle aliento diciéndole que a mucha gente rebelde Dios la cambia, usando experiencias brutales como ésta. San Pedro es un ejemplo, un hombre de “armas tomar” que a pesar de andar con Jesucristo, hasta el último momento usaba un cuchillo para hacer justicia y cortarle la oreja a un soldado romano. Sin embargo, este hombre cambió, Dios lo cambió. Le conté que Dios abrió las puertas de la cárcel al apóstol Pablo y se dio el milagro, pero primero fueron las pruebas, su fe está poniéndose a prueba y Dios le está dando a su esposo una oportunidad para acercarse a quien le dio la vida.

No sé de dónde saqué tantas palabras, pero después que terminé de hablar con esa mujer mi fe se vio fortalecida y creo que también la de ella. Yo le dije “Tirso va salir libre cuando se cumpla el tiempo de Dios, y de los hombres”, le dije también que si era una mujer de fe sabría que en estos casos no es con ejércitos que se resuelven las cosas sino con el Santo Espíritu de Dios.

Tirso Moreno es una de esas personas que ha sido programada para dialogar con las pistolas y las balas. Son su lenguaje, pero Dios puede hacer un cambio milagroso en su vida, su esposa lo ha empezado a creer.

El autor es periodista.  

Editorial
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