Políticos ejemplares, pero extranjeros

Entre los diversos datos interesantes de la última encuesta de M&R, cuyos resultados publicó LA PRENSA la semana pasada, está también que el 85.3 y el 84.6 por ciento de los nicaragüenses, respectivamente, opinan que Daniel Ortega y Arnoldo Alemán deberían ser relevados del liderazgo de sus partidos políticos, y del país.

Por supuesto que los políticos no hacen caso a las opiniones que la gente declara en las encuestas, salvo que les sean favorables. Y además, una cosa es la opinión de los ciudadanos, cuando la expresan a título individual —que lo hacen con excelente criterio—, pero otra muy distinta es cuando se manifiestan masivamente y acuden a las elecciones, porque entonces casi siempre escogen las peores opciones. Por eso es que hasta el noventa por ciento de los electores nicaragüenses ha votado en las últimas dos elecciones a los partidos liberal y sandinista, que históricamente son los que más daño causaron al mismo pueblo, los únicos que han establecido dictaduras y provocaron las guerras civiles, al menos en los últimos cien años.

En realidad, si Daniel Ortega y Arnoldo Alemán fuesen personas sensatas, y no los caciques políticos que realmente son, después de todo el daño que le causaron a Nicaragua hace tiempo que se hubieran retirado tranquilamente a la vida privada, si no por vergüenza cívica por lo menos para disfrutar las fortunas que acumularon cuando estuvieron en el poder.

Qué lástima que en Nicaragua no hay políticos como Carlos “Chacho” Álvarez, el ex vicepresidente de la República Argentina, que renunció hace dos años a su alto cargo para el que fue elegido por votación popular, al poco tiempo de haberlo asumido, porque el entonces presidente Fernando de la Rúa faltó a su promesa de combatir la corrupción, y no lo quiso apoyar —a “Chacho”— cuando éste se enfrentó al antro de delincuencia en que los políticos tradicionales habían convertido al Senado.

Desde entonces, Álvarez se retiró a su vida privada sin haberse llevado ni un solo peso del erario, y sin cobrar la pensión que le correspondía legalmente como ex senador y ex vicepresidente de la República. Y sólo ahora regresa a la vida pública, pero no a la política, sino para presentar un libro que debería ser un manual de ética de todos los argentinos y latinoamericanos en general, que al incursionar en la función pública tienen el ánimo de hacerle bien a la población, y no para lucrarse.

“La política debe traducir y canalizar las demandas de la sociedad, pero también debe tener una función pedagógica de liderazgo. Me parece patética la situación de aquellos dirigentes políticos que han protagonizado varios fracasos y siguen derramando certezas y verdades como si nada hubiera ocurrido”, dijo el ex vicepresidente argentino.

Pero no hay necesidad de irse hasta la Argentina para encontrar ejemplos de políticos honestos y dignos, independientemente de su signo ideológico y militancia partidista. Muy cerca de aquí, por ejemplo en El Salvador, también hay personajes de dilatada y destacada trayectoria pública cuya conducta debería ser tomada como ejemplo a seguir por los políticos centroamericanos, y en particular por los nicaragüenses, que son los que más interesan y afectan a nuestro país.

El año pasado, mientras transcurría la campaña electoral de Nicaragua, uno de los canales de televisión transmitió una entrevista con el ex comandante guerrillero de El Salvador, Joaquín Villalobos, quien para entonces se encontraba cursando estudios superiores en una universidad estadounidense.

—¿Por qué usted no está participando en la política de El Salvador?—, le preguntó uno de los periodistas nicaragüenses. —Porque yo soy una de las personas menos indicadas para participar en la política actual de mi país—, respondió el ex comandante Villalobos. —La gente me asocia inevitablemente con el pasado, con la guerra, con aquello que no debe ocurrir más en el país; y por lo tanto yo debo mantenerme alejado de la política. Ésta le corresponde a una nueva generación de salvadoreños—, dijo sabiamente quien fuera uno de los más importantes jefes del FMLN.

No cabe la menor duda de que si “nuestros” políticos fuesen de esa madera, el país no estaría soportando los grandes males que ahora sufre.  

Editorial
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