Jorge [email protected]
Este artículo lo escribí este sábado pasado, y las elecciones del Brasil fueron ayer domingo. No podía, en consecuencia, conocer en ese momento el resultado de los comicios. Aún así, me atreví a escribirlo asumiendo como un hecho consumado que el señor Luiz Inácio “Lula” da Silva se había alzado con el triunfo, e imaginándome a todos los latinoamericanos de izquierda —desde los que todavía usan el pelo largo, sandalias y camisetas del Ché Guevara, hasta aquellos empresarios, políticos y académicos que “sólo quieren corregir las imperfecciones del mercado”— embriagados de felicidad.
Pronostico, sin embargo, que los primeros que se decepcionarán con el nuevo mandatario serán los de boina y pelo largo, porque su actuación desde la Presidencia estará muy lejos de satisfacer sus descabelladas expectativas. Luego, un poco más tarde, el otro grupo, y todos los que llevaron a “Lula” al poder, también sufrirán una amarga decepción. Es sólo cuestión de tiempo.
¿Cómo puedo estar tan seguro de lo que digo? Es muy fácil. Simplemente estoy asumiendo que durante su mandato, don Luiz Inácio se mantendrá fiel a sus ideas populistas, y si así lo hace, Brasil va directo al desastre. Paradójicamente, lo que salvaría al Brasil del desbarajuste económico sería que el nuevo presidente fuera infiel a sus ideas económicas. Me explico.
Es bien sabido —o debería de serlo— que las ideas tienen consecuencias. Y las económicas de “Lula” —que no son del todo nuevas— ya probaron durante tres décadas, a partir de 1950, ser un rotundo fracaso en toda América Latina. En aquel entonces se hablaba de un “modelo de sustitución de importaciones”. Éste consistía en que el Estado, a través de leyes, protegía la industria nacional contra la competencia externa. Hoy ya no se habla de “sustitución de importaciones”, pero si el nuevo presidente brasileño resulta ser fiel a sus convicciones, es lo que haría en la práctica.
Y pregunto: ¿no es razonable esperar que si ese “modelo” fracasó antes, debería también de fracasar ahora en caso de ser implementado? En aquellos tiempos los economistas latinoamericanos proponían —como todavía lo hacen algunos trasnochados— “crecer hacia adentro”. Pero sucedió que lo que lograron los países latinoamericanos que siguieron sus consejos fue estancarse y mantener aisladas a sus poblaciones de los beneficios de un desarrollo económico acelerado como el que experimentaron países como Taiwan, Singapur y Corea del Sur que decidieron crecer hacia fuera, esto es, produciendo, ambiciosa y eficientemente, para vender y conquistar mercados en el exterior.
Bueno, pero ¿y qué tal que “Lula” decidiera ser infiel a sus convicciones? Eso sería una bendición para los brasileños y un ejemplo para los latinoamericanos. Ser infiel en este caso significa que una vez en el poder debe dejar que la sensatez económica y, mejor aún, las lecciones de la historia que tienen bien documentadas las prácticas económicas que hicieron posible que unos países salieran de la pobreza y otros no, influencien su actuación. Si así sucediera, el famoso obrero metalúrgico que hoy ocupa la presidencia —¿no me equivoqué?— del país que tiene la octava economía más grande de la tierra, tendría que abrazar las ideas que tanto detesta la izquierda a la que pertenece, y mantener a su gobierno alejado de una interferencia indebida en la economía. Eso, sin duda alguna, decepcionaría tanto a los empresarios que anhelan la protección de papá-estado, como a los intelectuales y políticos que todavía creen que le corresponde al Estado el papel de distribuidor de la riqueza. Pero, repito, esa infidelidad es la que podría salvar al Brasil de una catástrofe económica.
Como decía al principio, la izquierda latinoamericana debe estar brincando de felicidad con el triunfo del socialista “Lula”. Yo como liberal que soy no puedo celebrar ese triunfo, aunque, como demócrata que también soy, respeto, sin cuestionamientos de ninguna especie, la voluntad soberana de los electores brasileños.
Con todo y todo, debo decir que veo en ese triunfo una posible lección benéfica para Nicaragua. Nuestras próximas elecciones presidenciales están todavía a cuatro años de distancia. Eso significa que habrá tiempo suficiente como para saber si “Lula” fue fiel o infiel a sus convicciones. Si fue fiel, el desastre económico del Brasil será de tal magnitud que nos vacunaría contra un posible triunfo de la izquierda local, y si fue infiel, habría demostrado que la economía de mercado —que es la alternativa al populismo— es el sistema que sí funciona para el bien de todos. Eso también sería muy bueno para nosotros.
El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la Universidad Thomas More.