No pueden matar la libertad

Los ex comandantes contras que nos pidieron aceptar una mediación para retirar o aminorar la acusación contra Tirso Moreno —quien el 22 de octubre asaltó a mano armada las instalaciones de LA PRENSA, disparó contra numerosas personas y secuestró a doce de ellas—, dijeron que ellos comprenden que su compañero cometió un delito, pero que lo hizo por confusión emocional y bajo los efectos del licor, y que además ellos no confían en la justicia porque está en manos de los sandinistas.

Los ex comandantes contras recordaron que los bandidos de tendencia sandinista que cometieron en el pasado reciente acciones peores que la de Tirso Moreno, como el asesinato de Arges Sequeira en 1992 y el asalto a la población y los bancos de Estelí y el secuestro de la UNO en 1993, quedaron impunes y más bien sus cabecillas (Frank Ibarra, “Pedrito El Hondureño” y Donald Mendoza (a) “Cara de Piña”) fueron premiados por el Gobierno.

Pero el argumento de que debemos perdonar a Moreno porque la justicia está en manos sandinistas carece de validez, pues los ex comandantes contras apoyan a Arnoldo Alemán, quien es precisamente el culpable de que el Poder Judicial esté controlado por el FSLN. Inclusive, la acción criminal de Moreno contra LA PRENSA fue en represalia porque denunciamos la corrupción que hubo en el gobierno de Alemán, y algunos ex comandantes de la Contra que se reunieron el miércoles pasado en el empalme de Boaco, amenazaron con desencadenar la violencia si Alemán es desaforado y enjuiciado y si los medios siguen denunciando a los corruptos.

Además, el hecho de que las acciones criminales perpetradas anteriormente por activistas o simpatizantes sandinistas quedaran impunes, no justifica aceptar otras acciones criminales y perdonar a quienes las instigan y ejecutan sólo porque ahora son miembros de la Resistencia o liberales arnoldistas. Nadie y por ningún motivo puede colocarse por encima de la ley, y los crímenes de quien quiera que sea no deben quedar impunes. Los que cometen delitos contra las personas, la sociedad, la propiedad y la libertad, deben pagar por sus fechorías.

Por otro lado, el atentado criminal de Tirso Moreno contra el personal del Diario LA PRENSA y la libertad de información fue sin lugar a ninguna duda una acción individual. Pero eso no significa que fuera un hecho aislado, porque Moreno y otros ex comandantes de la Contra, lo mismo que dirigentes y activistas del PLC arnoldista —incluyendo a su vocero oficial— de manera premeditada, sistemática y maligna han amenazado a los medios de comunicación y los periodistas y han instigado el uso de la violencia contra éstos.

Inclusive, después del atentado criminal contra el personal de LA PRENSA, el mismo Tirso Moreno, su abogado defensor y prominentes diputados del Partido Liberal han advertido que aquel sólo fue “un campanazo” y que peores acciones se van a ejecutar contra los medios de comunicación y los periodistas que sigan denunciando la corrupción que hubo en el gobierno de Alemán.

Nosotros, en innumerables ocasiones hemos dicho y lo repetimos ahora, que nuestra labor periodística no está motivada en simpatías ni antipatías hacia nadie. Que si denunciamos con la palabra escrita a alguien es porque atropella los derechos humanos, porque conculca la libertad, porque se roba el pan y las medicinas del pueblo, porque se apropia de los recursos del Estado como si fueran un botín de guerra y de saqueo, y porque instiga a sus seguidores más atrasados para que cometan agresiones contra los periodistas y ataquen a los medios de comunicación independientes.

Y eso no es de ahora. Por esos mismos motivos fue que instigaron el asalto contra Radio Mundial, en 1958; mataron en 1978 al Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal; bombardearon las instalaciones de LA PRENSA en 1979, y ultrajaron a nuestro personal y censuraron y cerraron este Diario muchas veces, entre 1980 y 1989.

Pero aunque asesinaron a la persona y destruyeron el medio de comunicación, no pudieron matar el derecho a decir la verdad. Como tampoco lo podrán matar ahora, pues la libertad de prensa siempre ha sido ultrajada y perseguida, pero de igual modo siempre ha visto pasar los entierros de sus perseguidores.  

Editorial
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