María José Zamora
Las personas que verdaderamente están en contra de la corrupción y quieren que este gobierno salga adelante, no hay que caer en la tentación de apoyar al FSLN en marchas como la realizada el 19 de septiembre, aunque éstas estén revestidas del más noble propósito. Una vez más el FSLN está aprovechando la inmadurez política y la actitud antipatriótica de los diputados arnoldistas, para vender su gastado papel de defensores y aliados del pueblo. Irónicamente, Daniel Ortega pretende adjudicarse el liderazgo de la lucha anticorrupción cuando él ha sido, no solamente partícipe de la corrupción, sino creador de ella. La destitución del ahora ex presidente del Parlamento, Dr. Arnoldo Alemán, simplemente significa para Daniel Ortega, quitarle el puesto que él mismo le concedió a través del pacto; en otras palabras, Ortega, siguiendo su naturaleza, traicionó a su otrora socio. Sin lugar a dudas en estos momentos apoyar la lucha contra la corrupción es lo que más le conviene políticamente al partido sandinista y a sus aliados; ya se verá en el futuro qué tan permanente es esta posición.
La soberbia y megalomanía del Dr. Arnoldo Alemán, apoyada por los diputados del PLC, traidores al pueblo de Nicaragua, es además de decepcionante, vergonzosa; sin embargo, no es esperanzador que Daniel Ortega, durante cuyo gobierno se escribieron las páginas más nefastas de nuestra historia contemporánea, quiera ahora ser reconocido como el máximo impulsor de la lucha anticorrupción.
No hay que olvidar el pasado; se debe recordar la prepotencia y egoísmo que caracterizó a los dirigentes y gobernantes del período sandinista; mientras en sus hermosas casas ellos comían con opulencia, el resto del pueblo tenía tarjetas de racionamiento; mientras ellos y sus hijos dormían tranquilos, los hijos del pueblo eran “cazados” a la salida de los colegios o en las calles y enviados a morir a la línea de fuego, dizque para defender la soberanía. Ahora me pregunto: ¿cuál soberanía?, si ellos mismos convirtieron al país en corredor y albergue de terroristas y narcotraficantes.
No hay que olvidar cómo este pueblo fue sometido a la guerra, al silencio, al terror de las “turbas divinas” y al espionaje perverso de los despreciables CDS. Se debe recordar con qué odio y saña destruyeron bosques, haciendas, monumentos, maquinaria de trabajo, etc. Con qué avidez saquearon bancos, casas particulares, el patrimonio nacional, etc. ¡Por favor! recuerden cómo era vivir en Nicaragua para quienes no éramos sandinistas. Este país pertenecía al Ejército y a la Policía sandinistas, a los intelectuales y artistas sandinistas, a los empresarios y campesinos sandinistas, a los pobres y a los ricos sandinistas… solamente siendo sandinista o aparentándolo, podía una persona salvarse de no ser confiscada, amenazada, encarcelada o asesinada, en el peor de los casos.
¿Cuántas vidas se perdieron en vano por defender el sueño de la revolución sandinista? ¿Cuánto se ha esperado por un gobierno que devolviera la esperanza de lograr construir una patria verdaderamente libre, soberana e independiente? El momento ha llegado, finalmente hay un gobierno que está comprometido con Nicaragua; un gobierno que ha pactado con su pueblo y no con un partido. Que nada distraiga o confunda el camino hacia la democracia que es solamente uno: el azul y blanco de la bandera nacional.
La autora es psicóloga.