Algunas reflexiones acerca de la “Aldea de Harrison”

Ariel [email protected]

Una química entre el pluralismo político implícito en la democracia, y el económico, dándole mayor espacio a la inversión extranjera, es a juicio del intelectual estadounidense Lawrence Harrison —quien recientemente visitó Nicaragua para dar unas charlas sobre el rol de la cultura en la influencia del progreso humano— la única vía para que países como el nuestro o bien el subcontinente latinoamericano logren superar el atolladero socioeconómico en el que se encuentra sumergido.

Esta tesis, que junto al socavado concepto de que nuestros males vienen tanto de la herencia genética andaluza así como del saqueo del águila yanqui, resulta contraria a la alquimia literaria de la sociología de izquierda (la que aún se cubre las espaldas con los recalentados ecos antiimperialistas del “Ariel”, de José Enrique Rodó).

Sin embargo, resulta objetivo a la luz tanto del descalabro populista de la izquierda continental así como de algunas experiencias críticas de la derecha, darle la razón a este humanista del orden social, sobre todo cuando manifiesta que la clase dirigencial, debe no sólo sanear sus estructuras de comportamiento moral y ético, sino también, asumir actitudes “modernizantes” en sus criterios.

Según Harrison, a quien entrevisté para una próxima edición de la revista Decenio, tanto la izquierda como la derecha han fracasado, “las dos alas sugieren un problema global dentro de América Latina en la búsqueda de una economía apta para la promoción de su progreso”, decía, tras argumentar que contrario a esta situación, el centrismo ideológico en regiones como Europa, Norteamérica y algunos países asiáticos, ha resultado ser el más indicado para la aplicación de estos modelos de desarrollo.

Estos esquemas económicos de apertura al libre mercado y a la sociedad global, la cual permite interdependencia entre pueblos, naciones, grupos e individuos, resultan ser en gran medida el meollo del asunto de lo expuesto por Harrison, siempre y cuando los mismos sean vinculantes con los criterios de “modernidad” en las actitudes de los grupos dirigenciales, tecnocráticos y económicos, conscientes de la enorme responsabilidad que poseen en sus manos cuando tienen la oportunidad de administrar un país.

Y sobre todo cuando tajante y categóricamente me decía que América Latina es una región con muy poco que ofrecer ante el mundo, puesto que es una zona que no ha logrado generar un nivel de desarrollo social adecuado, para poder influir ante el planeta, contraponiendo la superación de otras culturas, como la árabe, partiendo de situaciones eventualmente tan complejas como las nuestras.

Ante esta certera realidad, queda sustentada una vez más la teoría que establece que el deterioro histórico latinoamericano, no es el resultado del imperialismo, ni de la explotación ni de factores extranjeros, sino de resultados intrínsecos, culturalmente hablando.

Revestido de los planteamientos de esa escuadra de jóvenes pensadores latinoamericanos que desde los setenta se atrevieron a retar a quienes intentaron hacer creer que el socialismo, sobre todo el autoritario, “ofrecía una avenida al progreso humano más eficaz y rápida que el capitalismo democrático”, Harrison desmitifica una vez más esa actitud errática de aquellos que, incapaces de asumir y superar los canales históricos de nuestro atraso social permanente, navegan aún en las embarcaciones del subdesarrollo mental.

Ahora bien, dentro de este contexto, la globalización, la inversión extranjera, el sentido de la responsabilidad así como la equiparación de la tipología de las culturas aptas y resistentes al desarrollo, en medio de un somero análisis de los factores externos e internos de las mismas, vienen a ser los mecanismos más sólidos para descentralizar el clima de pesimismo existente.

Como ejemplo natural del camino a seguir de cara a estas nuevas lecturas de nuestra tiempo, citó el caso de España, la cual se benefició en gran medida al integrarse a la Unión Europea, “pero además —argumentaba con otro ejemplo—, ahora Europa no termina en los Pirineos, sino en Portugal”.

No obstante, más allá de la delimitación de casos concretos a imitar y superar, los resultados a corto y a largo plazo de la experiencia real latinoamericana, estarán también en los valores culturales integrados al comportamiento de los sectores dirigenciales. Entre éstos, el trabajo disciplinado, el mérito, la expansión de la creatividad y el sentido de la comunitariedad como valores patrimoniales de la globalización, los cuales deberán ser contrapuestos a los valores tradicionales, entre los que caben mencionar el individualismo posesivo, el cortoplacismo, el fatalismo o la tentación absorbente de la resignación. Portales, todos éstos, que de no superarlos, nos seguirán impidiendo en este nuevo siglo habitar en esa esperanzadora aldea global que Harrison nos dio a conocer una mañana de estas en Managua.

El autor es escritor y periodista.  

Editorial
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