Rosa Vivas [email protected]
Con bríos y pompa, profesionales de la Psicología y Psiquiatría, y aspirantes al título con orgullo evocamos “10 de octubre” fecha designada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para celebrar el Día de la Salud Mental pero, ¿qué significa salud mental?, fusionando lo descrito por varios autores podemos definir que poseemos una adecuada salud mental cuando el ser humano está en armonía biológica, psíquica y social, la tríada por excelencia de los aspectos claves de la estructura humana. Los nicaragüenses poseemos un gran potencial de crecimiento como nación pero desafortunadamente las masivas situaciones de anarquía, crisis económicas y estructurales a la que estamos sometidos desde tiempos antiquísimos ha opacado nuestra naciente esperanza. Deseo aclarar que no es una crítica mi comentario sino un análisis objetivo porque es evidente la aura de escepticismo proveniente de la población con respecto a los que ejercemos la Psicología, una ciencia que exige una disciplina estricta porque nuestro anhelo es orientar a quien nos visita a encontrar alternativas de solución a el (los) problema (s) que lo abruma. Otro punto que deseo abordar es que la grandeza de un problema no radica en el frenesí del mismo si no en el significado que la persona le adjudica.
Algunas personas consideran que no hay necesidad de visitar a un psicólogo por la ruptura de un noviazgo pero sí por la pérdida de un ser querido (episodio de duelo), debemos valorar que los problemas afectan a cada ser humano en dependencia de ciertos factores como la edad, personalidad, estilo de vida, por mencionar algunos. Para considerar el siguiente aspecto lo haré en un lenguaje menos coloquial, los problemas que se obvian son como la danza sugestiva de una mariposa sobre las flamas de una hoguera, resuelve evadir las chispas cuando la solución más efectiva es alzar el vuelo hacia donde no puedan alcanzarle. De la misma manera algunas personas consideran una visita al Psicólogo cuando se encuentran al borde de una depresión aguda, una crisis de ansiedad o, en el peor de los casos, con tendencias suicidas pero aún cuando están conscientes de la situación temen ser calificados por los demás como “locos” o “enfermos” si es visto en la sala de espera de un consultorio psicológico, lo que es un pobre criterio cargado de ignorancia, parafraseando el enunciado filosófico expresado por Ralph Waldon Emerson: “Más podemos conocer de una persona por lo que ella dice de los demás que por lo que los demás dicen de ella”. Uno de los objetivos principales del psicoterapeuta y del paciente es alcanzar la estabilidad emocional del segundo, que como sabemos, es menester para acariciar la autorrealización.
El perfil académico de la carrera de Psicología propuesto por distintas universidades está en constante renovación ajustándose a las demandas de la población. Destacándose las personas pertenecientes a la tercera edad, un grupo social minoritario con un 4.8 por ciento de la población total. Deseo argumentar los testimonios que he escuchado y leído en medios informativos como LA PRENSA en donde revelan que pertenecer a la etapa de la senectud no es sinónimo de senilidad, un término que usualmente se emplea para referirse a esta edad, aunque parezca una idea trillada la juventud implica un espíritu aventurero, una travesía hacia lo desconocido que amerita someterse a una acción aún cuando no tenga idea de las consecuencias porque de las mismas determinará su siguiente paso hacia la ansiada experiencia, sí, anhelada experiencia que si el joven es ágil madurará en sabiduría cuando haya alcanzado la senectud, pero el proceso de aprendizaje no perece ahí, continúa y la enseñanza adquirida se transmite de generación a generación porque siempre habrán abuelitos (as) dispuestos a narrar una buena historia como pequeñuelos ansiosos de escucharlas. Más que temerle al arribo a la senectud se teme la soledad y el olvido, que desgraciadamente acompaña a damas y caballeros de la tercera edad sin merecerlo cuando en tiempos pasados fueron padres (madres) y abuelos (as) excepcionales y que la frivolidad de sus pupilos ha condenado a una triste existencia en un asilo que ni siquiera reúne las condiciones básicas para una vida mejor. Las personas pertenecientes a la tercera edad merecen una atención absoluta, desde los familiares hasta la Presidencia de la República, todo matizado por un sentimiento afectivo legítimo y el respeto a quienes en el pasado también fueron jóvenes como nosotros (as).
La autora es estudiante de la carrera de Psicología, UNAN-Estelí.