Gregory Bunyan [email protected]
No es cierto que la opinión de una persona o de un grupo represente la opinión liberadora y tenaz de la Iglesia.
La Iglesia que fundó Cristo sobre los apóstoles (Mt. 16, 18-19) y a la cual da su Santo Espíritu (Jn. 20, 22) está orientada a humanizar tanto a la persona como a la sociedad.
Que frustrante oír comentarios de que la Iglesia apoya las injusticias y frustrante es también el silencio de los que la representan. Jugar con la fe de los sencillos, escandalizar a los humildes, pretender tapar al sol con un dedo, desvirtuar la fe católica por opiniones de carácter personal es un pecado social que tiende a estremecer al árbol eclesial y echar por tierra los frutos que no están bien arraigados en su fe.
La corrupción se está generalizando y está afectando a todos los ámbitos sociales. Los católicos bautizados tenemos la noble tarea de ser verdaderos profetas. El verdadero profeta es el que anuncia la buena nueva inaugurada por Cristo, y denuncia las injusticias que vive el pueblo de Dios. La salvación se hizo realidad en Jesucristo. El contenido vitalizante de la buena nueva se actualiza en la vida comprometida de los que dicen llamarse cristianos. Ser como Cristo, vivir como Cristo, encontrar a Cristo en todos, y defenderlo en todos, en especial en los más sencillos, en los marginados. Iglesia profeta, ser voz de los que no tienen voz. (Mt. 25, 34).
El falso profeta es acomodaticio. No me imagino a Cristo apoyando las injusticias de su tiempo, poniéndose al lado de los poderosos, anunciando un mensaje de silencio y comodidad ante la opresión. El falso profeta no se compromete, no toma la verdad del Evangelio como una realidad siempre nueva y liberadora. La voz del verdadero profeta siempre incomoda, interpela, nos invita al compromiso y al cambio, no a las medias tintas ni a la indiferencia social, que oprime a las grandes mayorías.
En Nicaragua hay muchos católicos que aman a Cristo y a su Iglesia, que aman y reconocen a su jerarquía eclesial, y es capaz de llevar a la reflexión a sus autoridades civiles y eclesiales, llevar a la reflexión al pueblo de Dios que sufre y que aspira a una nueva sociedad más digna y con más oportunidades para todos. En el Antiguo Testamento ningún profeta enviado por Dios se acomodó a las injusticias sociales, mucho menos ponerse al lado de la corrupción o de los que oprimían al pueblo.
Sólo hay una forma de vivir el cristianismo y es vivirlo comprometidamente. La proliferación de las sectas se debe en parte al silencio de los autodenominados cristianos.
Amo a mi Iglesia Católica porque es la que fundó Jesús sobre los Apóstoles (Mt. 16, 18-19). Iglesia humana y divina a la vez. Divina porque su fundador es Dios. Humana porque la fundó sobre hombres como tú y como yo. Si la Iglesia Católica fuera meramente un proyecto humano hace muchos años que hubiera desaparecido, permanece porque tiene la promesa de Dios de llegar hasta el final. Es a esta Iglesia que Jesús le promete estar con ella siempre hasta la consumación de los siglos (Mt. 28, 20), “los poderes de la muerte no podrán vencerla”. Amo a mi jerarquía que nos ayuda a caminar al encuentro de Cristo, pero también sé que los errores existen, no por eso estaré en contra de mi Iglesia, al contrario rogaré a Dios por todos sus representantes para que siempre nos asista el Espíritu de la Verdad.
San Pedro, el primer Papa de la Iglesia es grande porque Dios lo escogió, no por méritos propios, sino porque así lo quiso Dios. Un loco enamorado de Dios, que llegó al extremo de dar la vida por su Señor. Jesús sabía que Pedro era humanamente limitado (Mt. 16. 22…; Mt. 26, 74-75), pero con todo y esto lo erigió como una roca firme y visible y es sobre él que Jesús quiso edificar su Iglesia, y es a esta Iglesia la que me siento orgulloso y feliz de pertenecer y trabajar para la construcción del Reino de Dios entre nosotros.
El autor es sacerdote católico, Puerto Cabezas Región Autónoma del Atlántico Norte.