Silvio Avilez Gallo*
Cuando hace casi 950 años —en 1054 de nuestra era— se produjo la gran escisión entre la Iglesia de Oriente y Occidente, entre católicos y ortodoxos, el mundo cristiano sufrió la mayor herida que hasta la fecha no ha logrado cicatrizar, no obstante los ingentes esfuerzos que se registran a lo largo de casi mil años por superar esta división. La unión de las dos grandes ramas del cristianismo sigue siendo el sueño de los fieles que obedecen al Papa de Roma y al Patriarca de Constantinopla. En un principio, ambas cabezas se lanzaron excomuniones recíprocas que, más que propiciar el retorno a la unidad, no hicieron sino profundizar el foso que separaba a las dos confesiones. Ahora, católicos y ortodoxos buscan, mediante el diálogo ecuménico, restablecer los puentes que permitan el abrazo reconciliador y unitario.
El Liberalismo Constitucionalista se ha visto sacudido recientemente por la división de sus integrantes, para regocijo de terceros, que ya se frotan las manos pensando en sacar provecho de este pleito entre hermanos. La historia nos enseña que cada vez que ha ocurrido una ruptura en el seno de un partido, los enemigos han olvidado sus diferencias para repartirse los despojos de los cismáticos. El Partido Conservador, de honda raigambre en Nicaragua como el Liberalismo, prácticamente desapareció por las divisiones internas que terminaron por atomizar al conservatismo en grupúsculos que fueron sometidos a los caprichos de los partidos más poderosos. Ahora, al parecer le toca el turno al PLC y resulta difícil entender que sus dirigentes no hayan aprendido las lecciones del pasado. La crisis a veces es necesaria para provocar una verdadera transformación, pero si no logra superarse, este episodio se convierte en enfermedad terminal. Ya sabemos que el FSLN prepara sus palas para ser primero el enterrador del liberalismo y luego hacerse del poder en la Asamblea Nacional y de ahí apuntar al Ejecutivo. Volver a 1979… ¡ésa es la meta!
Es hora que la familia liberal deponga actitudes personalistas y piense por un momento en el bien de la Patria y de lo que está en juego en esta guerra entre hermanos. De esta profunda crisis debe salir un partido depurado y fortalecido que permita cumplir el mandato que el pueblo confió al Liberalismo en las ejemplares elecciones de noviembre de 2001. Es hora de unificar a la familia liberal desperdigada en PLC, PLN, PLD, PLI y otros grupos para formar un solo gran Partido Liberal, sin apellidos, que saque a la patria de su postración. Ahora es el momento, si no queremos mañana llorar como niños lo que hoy no supimos defender como hombres. En la unión está no sólo la fuerza sino también el triunfo.
* El autor es embajador de Nicaragua en Santiago de Chile.
[email protected]