“Me gusta querer al mundo”, dijo el beato Escrivá

Alfredo Quirós*

Poco antes del próximo 6 de octubre, un grupo de nicaragüenses estará viajando a Roma para participar, en la misma plaza de San Pedro del Vaticano, en la Santa Misa dentro de la cual será canonizado el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Otros muchos estarán atentos para poder seguir tan gozoso acontecimiento por televisión. Entre los que viajan hay jóvenes y menos jóvenes, profesionales de diversos sectores, estudiantes, empleados y hasta familias enteras. Algunos aprovecharán para detenerse unos cuantos días admirando la “Ciudad Eterna”. Para los otros será un viaje rápido, conseguido después de gran esfuerzo, exprimiendo sus ahorros e ingeniándoselas de mil formas para poder estar allí. ¿Por qué esta peregrinación tan singular?

Indudablemente toda canonización es un evento muy atractivo para un creyente, un acto audaz de la Iglesia al considerarse capacitada, no sólo para reconocer la calidad cristiana de una vida, sino para asomarse al “más allá de la muerte” y afirmar, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, que un fiel puede ser llamado con absoluta certeza, santo. Si a esto añadimos que nos referimos a una persona conocida, tratada, querida, es decir, un amigo: ¡tener un amigo santo! ¿Cómo no desear unirse a ese canto de honor y gloria a Dios? Ahora bien, hay que preguntarse: ¿Es posible que Josemaría Escrivá tenga amigos nicaragüenses si nunca pisó estas tierras? Responderé que sí por dos motivos. Primero, porque su corazón fue verdaderamente católico, universal. Convivió en Roma con gentes de muchos países, también nicaragüenses, y para todos ellos tenía palabras de cariño, de admiración. Hacía suyos los motivos de orgullo de unos y otros. Soy testigo de cómo se refirió en varias ocasiones a Nicaragua, haciendo que transmitieran a familiares en Managua o en Chinandega, entonces por cartas con sabor de vieja cristiandad, sus oraciones para que el Opus Dei pudiera comenzar pronto su labor estable en nuestro país. A la vez agradecía las que de aquí volaban a Roma confirmando el cumplimiento del encargo que él continuamente solicitaba: “pidan por mí para que sea bueno y fiel”. Y segundo porque la luz que Dios ha querido conceder, utilizando como instrumento al que pronto llamaremos San Josemaría, ha iluminado ya la vida de multitud de hombres y mujeres de las más diversas condiciones y culturas. También aquí, en Nicaragua, se encuentran gentes que, a través del mensaje del Fundador del Opus Dei, han descubierto que no necesitan salirse de su propio lugar para encontrar y amar a Dios. Y han emprendido la aventura de tratar de ser santos en la naturalidad de la vida ordinaria. Por eso están contentísimos y agradecidísimos.

El Papa Juan Pablo II igualmente está feliz de poder canonizar al Beato Josemaría Escrivá, porque como escribió al comenzar el nuevo milenio: “el ideal de la perfección cristiana no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, sólo practicable por algunos genios de la santidad… es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria”. Y más recientemente, en un congreso internacional sobre las enseñanzas del Beato Josemaría, invitaba a: “mostrad con vuestro esfuerzo diario que el amor de Cristo puede animar todo el arco de la existencia”. En esta tierra nuestra de Nicaragua, y en el mundo entero, algunos cristianos descubren cómo ser fermento, procurando que en las capas altas de la sociedad, en las medias y en las de los trabajadores que se ocupan de las cosas más humildes, se ame más a Dios. Me atrevo a decir que la predicación del Beato Josemaría va enriqueciendo la respuesta a nuestro tradicional grito del 7 de diciembre: ¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!… La que es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que en Nazaret llevó una vida de largos años de trabajo cotidiano, sin brillo humano pero con esplendor divino.

“Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios”, repetía el Fundador del Opus Dei. Y continuaba: “En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación”. Ese convencimiento del valor divino de lo humano es lo que le hacía cantar, pensando más de una vez en estas tierras de lagos y volcanes, aquel estribillo: “me gusta querer al mundo con toda el alma”.

* El autor es sacerdote de la Prelatura del Opus Dei.
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