Cuando el sistema de prebendas hace crisis

Mario Alfaro Alvarado*

Hay personas — algunas que estuvieron por interés individual, otras porque repiten lo que oyen— que sostienen una tesis peregrina. Afirman que la lucha contra la corrupción es un enfrentamiento entre liberales, simplificada en un desafío personal entre Bolaños y Alemán y que la solución es muy simple: basta que estos dos personajes dialoguen, se pongan de acuerdo y salven al país de un cataclismo político.

No vale la pena analizar este razonamiento que al proponer un diálogo personal, propone un nuevo pacto político contra el pueblo. Pero sí hay que insistir en que el robo de más de cien millones de dólares, tiene enfrentado a los saqueadores de los bienes públicos con todo el pueblo de Nicaragua.

La llamada crisis de la “guaca” está planteada en términos claros: a la vista de las pruebas reunidas, los lavadores de dinero, con inmunidad o sin ella, deben ir a la cárcel y devolver lo robado.

Entre 1979 y 1996 que estuvieron fuera del poder, los liberales no olvidaron ninguno de sus vicios políticos tradicionales, ni aprendieron a gobernar con honestidad. El resultado es que —como les pasó a los conservadores al retornar el gobierno después de la caída de Zelaya— se entregaron al desenfrenado reparto del botín estatal y perdieron la oportunidad histórica de ofrecer soluciones permanentes al pueblo nicaragüense, agotado en una larga lucha armada para derrotar a dos dictaduras, hasta conquistar el derecho de realizar elecciones libres y súper vigiladas por primera vez en la historia del país.

A falta de ideologías y de programas políticos que busquen el bien común, los partidos tradicionales recurren necesariamente a la prebenda para juntar y mantener unidos a sus cuadros directivos.

Esta única política prebendaria para lograr la unidad partidaria, es frecuente que se desborde en orgías prebendarias hasta caer en la venalidad y el soborno. Es el mal que está destruyendo al liberalismo arnoldista, como destruyó al liberalismo zelayista y como destruyó al liberalismo somocista.

En su nueva etapa, a su regreso al poder, el Partido Liberal vuelve con todos sus vicios y dolamas. El fallo de la juez Méndez ha venido a ser como una autopsia en un enfermo incurable. Todos los vicios y los delitos políticos que puede cometer un partido en el poder se cometieron en el lapso de un solo período presidencial, con el objeto de acaparar tanta riqueza que sirviera de respaldo a la reelección y al continuismo.

¿Cuántos son los funcionarios y ex funcionarios liberales contaminados por el arnoldismo caudillista y depredador y cuántos los no contaminados? Es el inventario que deben realizar los líderes de ese partido si desean salvarlo de su propia desintegración.

¿Pero podrán lograrlo, podrán rescatarlo del desprestigio que exhibe ante los ojos de una población ansiosa de cambio, de justicia y de honestidad administrativa en el gobierno? Difícilmente lo lograrán, porque los vicios de hoy en el liberalismo son los mismos vicios de ayer; son los vicios que hundieron a los dos partidos que en punto fijo diseñaron la democracia venezolana y cuarenta años después la entregaron a un aventurero chiflado que se cree la reencarnación de Simón Bolívar.

Nadie puede afirmar en Nicaragua que los partidos políticos ganaron la democracia para el pueblo. Fue el pueblo nicaragüense en dos guerras cruentas y con el apoyo internacional, el conquistador de la democracia, ahora amenazada seriamente por el prebendismo desbordado de un caudillo ensoberbecido por la adulación. La nueva era de don Enrique comenzó realmente con el fallo de la juez Méndez.

* El autor es periodista.  

Editorial
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