Luis Sánchez Sancho—[email protected]
A propósito del espectáculo circense en que el PLC y el FSLN han convertido a la Asamblea Nacional, un lector de esta columna me pidió escribir sobre el significado de la expresión “pan y circo”.
Fue Décimo Junio Juvenal, el genial poeta satírico romano de fines del siglo I y principios del II de nuestra era, quien acuñó esa conocidísima frase.
Juvenal era crítico implacable de la corrupción del imperio romano en general, y en lo personal del emperador Tito Flavio Domiciano, personaje brutal y autoritario que se hacía llamar “Dominus” (Señor, en sentido divino) y reprimía de manera sanguinaria a sus adversarios, hasta que fue asesinado en una conjura en la que participó su propia esposa, Domicia.
Algunos historiadores estiman que la cáustica crítica (“Sátiras”) de Juvenal al emperador Domiciano se debió a que éste no le concedió un importante y lucrativo puesto en el gobierno, que quería el poeta. Otros sin embargo, atribuyen la crítica satírica de Juvenal —que le valió el exilio a Egipto donde se refugió en la antigua ciudad de Syene, que ahora se llama Asuán— a la sincera convicción democrática que tenía el bardo quien literariamente se inspiró en lo mejor de la antigua poesía clásica latina.
Ahora bien, yo me apunto a la segunda, porque Juvenal no sólo criticó personalmente a Domiciano y en general la corrupción de los emperadores romanos, sino que también fustigó a la misma plebe que con tal de que le dieran el pan y la diversión del circo, no le importaba que se hundiera el país ni movía siquiera un dedo por su propia libertad.
Además, en sus versos Juvenal no sólo hizo la sátira política, sino también recomendaciones éticas y sabios lemas para el buen vivir, como el conocido “Mens sana in corpore sano” (mente sana en cuerpo sano) que se refiere a que la buena salud corporal asegura también una adecuada sanidad espiritual y moral.
La expresión de Juvenal (pan y circo) se aplica a aquella situación en que los gobernantes le niegan los derechos, la libertad y el bienestar a sus gobernados, pero los mantienen contentos con un mínimo de satisfacción material y constantes diversiones, como espectáculos deportivos y artísticos o monumentales manifestaciones patrióticas, revolucionarias y militaristas. Eso es lo que hacían en Nicaragua primero los Somoza y después los comandantes sandinistas, aunque éstos, el pan que garantizaban era un miserable paquete “afa” (arroz, frijoles y azúcar) que repartían entre sus partidarios y lo negaban o regateaban a quienes no se alineaban con la revolución sandinista.
Por cierto que ahora los enemigos y críticos del presidente Enrique Bolaños dicen que éste maneja muy bien el circo (la lucha contra la corrupción) pero que no ha podido garantizar el complementario pan para las multitudes, o sea, el mejoramiento de la situación económica del país.
Pero yo creo que la lucha contra la corrupción no es un circo, sino una trascendental obligación política y moral que se necesita cumplir para poder impulsar la economía nacional y garantizarle a los nicaragüenses mente sana en cuerpo sano, o sea un estado de dignidad, moralidad y autoestima nacional, en un ambiente de crecimiento económico y desarrollo social.